Qué apasiona a Miguel Galuccio, el empresario que se define como "agradecido"

Naturaleza, vida de pueblo y una palabra que lo define: agradecido.

Naturaleza, animales y vida de pueblo: el costado personal del fundador de Vista, lejos de los balances.

Le pidieron un título para su vida y Miguel Galuccio contestó con una sola palabra: “Agradecido”. El fundador de Vista Energy suele hablar de su trayectoria en clave de aventura más que de plan de carrera, y cuando le preguntan qué lo emociona no menciona evaluaciones de mercado ni barriles por día. Habla de la gente, de los momentos, y reconoce una debilidad: lo conmueve que le pase algo malo a alguien chico o indefenso.

Esa sensibilidad la rastrea hasta su infancia en Paraná. Hijo de un panadero que terminó con un supermercado y de una profesora de inglés, creció entre el club de rugby y los emprendimientos chiquitos que su padre dejaba probar a cada uno de los cuatro hermanos. Vendía huevos de gallinas que criaba, armaba pororó para el bar de la esquina. Del club aprendió algo que después trasladó a la empresa: que nada se hace solo, que antes de jugar hay que marcar la cancha y arreglar el quincho.

Una empatía que aprendió en los pueblos

Galuccio dice que la vida de pueblo le dejó una herramienta que hoy valora más que cualquier título: la capacidad de entender quién tiene enfrente. Cuenta que puede estar en el campo que la familia tiene en Entre Ríos charlando con el capataz, a quien admira, y al día siguiente sentarse en Nueva York con un inversor, y conectar genuinamente con los dos. Esa empatía la considera una de las cosas que le enriquecen la vida.

La naturaleza es la otra constante. De chico le atraían los animales y el aire libre, y fue justamente una práctica de campo en un yacimiento del sur la que le mostró que el petróleo combinaba todo lo que buscaba: lugares remotos, tecnología, trabajo en equipo. Hoy, con más tiempo y más libertad que al principio de su carrera, dice que vuelve seguido a esas pasiones que durante años tuvo que postergar, las que lo conectan con el campo y con la gente.

El consejo que les deja a los jóvenes

Cuando le preguntan qué les recomendaría a los que recién entran al sector, Miguel Galuccio insiste con dos cosas: pasión y oficio. Que busquen lo que de verdad los mueve y que se vuelvan buenos profesionales sin saltear escalones, haciendo “toda la escalera” para llegar sólidos. Lo dice desde la experiencia propia: él mismo empezó en un equipo de perforación y cree que los jóvenes tienen que ir temprano a lo que llama “la trinchera”, el lugar donde las cosas pasan y donde se forja el carácter más que la técnica.

Su hijo Matías vivió en carne propia esa filosofía. Orientado al principio hacia las finanzas, su padre le sugirió probar en Schlumberger; volvió de la entrevista diciendo que había sentido un espíritu de equipo, casi una hermandad, y terminó tres años en el desierto de Arabia Saudita durmiendo en un container. Galuccio lo cuenta con orgullo, como quien reconoce su propio recorrido en el del hijo.

Un barril blanco que preside las cenas

En las oficinas de Vista hay un objeto que resume su forma de mirar las cosas: el primer barril de petróleo no convencional que produjo la empresa, pintado de blanco, convertido en pieza icónica. Cuando la compañía organiza una cena, la hacen frente a ese barril, para no olvidarse de dónde arrancaron. Es la misma lógica del cospel telefónico que para él significaba la libertad de los años de estudiante y, a la vez, el vínculo con Paraná, con sus viejos y con su novia.

Galuccio no se arrepiente de los costos que pagó por el camino, ni siquiera de haberse perdido el nacimiento de su primer hijo por estar trabajando en el sur. Sostiene que la vida no se planea, que uno explora hasta encontrar el norte y trata de sacarle lo mejor a las oportunidades que aparecen. La gracia, dice, está en disfrutar el camino más que el destino. Por eso, cuando hace el balance de todo lo que construyó, vuelve siempre a la misma palabra.