Constanza Ceruti

Constanza Ceruti codirigió en 1999 la expedición al Llullaillaco que halló las tres momias incas mejor conservadas del mundo.

Constanza Ceruti es la primera mujer arqueóloga de alta montaña de la historia. Codirigió la expedición que en 1999 halló a los Niños del Llullaillaco a 6.739 metros, escribió más de veinticinco libros y ayudó a fundar disciplinas que antes no existían. También cargó con dos décadas de omisiones en su propio país. Este es el recorrido de una pasión que empezó a los catorce años en las sierras de Córdoba y todavía no encontró su techo.

Hay vocaciones que la familia empuja y otras que la familia tarda años en entender. La de Constanza Ceruti fue de las segundas. En su casa porteña había una biblioteca enorme, armada por su padre, y de ahí salió el amor por las humanidades: los libros sobre civilizaciones antiguas y culturas lejanas fueron el primer indicio de que iba a ser arqueóloga y antropóloga. Pero lo otro, el montañismo, el gusto por el riesgo y la intemperie, apareció sin antecedente familiar que lo explicara. Ella misma reconoció que al principio le resultó bastante inexplicable a los suyos, y que la comprensión llegó con los años.

Catorce años y una loma en Córdoba

El primer contacto con la montaña fue modesto: ascensos a las sierras de Córdoba cuando tenía catorce o quince años. No hubo epifanía cinematográfica, hubo repetición. Después vino el trekking en Bariloche, en campamentos agrestes con la Pastoral Universitaria y también en solitario, donde aprendió a moverse en terrenos complicados.

Vale detenerse en algo que suele omitirse en las semblanzas heroicas: de chica tuvo asma y debió usar durante años un corrector en la espalda por una desviación de columna. La montañista que después haría cima en el Aconcagua no partió de un cuerpo privilegiado. Ella lo dice sin dramatismo y hasta con humor: sostiene que las montañas la reciben por el amor y el respeto que les tiene, no por una aptitud física que califica de bastante limitada.

Más de cien cumbres arriba de los 5.000

Se graduó de antropóloga en la UBA con Medalla de Oro y después se doctoró con honores en la Universidad Nacional de Cuyo. En el medio, y en paralelo, acumuló una cifra que sigue siendo poco común en el andinismo mundial: más de cien ascensos a cumbres de más de 5.000 metros, muchos en soledad y sin apoyo logístico.

Su mapa incluye el Pissis, de 6.882 metros, y el Aconcagua, de 6.962, además de montañas de Ecuador, Bolivia, Perú, el norte de Chile y la Patagonia. Esa foja le valió el título de Montañista del Año en 1997 y el Cóndor de Oro del Ejército Argentino, la máxima distinción local en experiencia de alta montaña, que ninguna mujer había recibido antes.

Un cráter peruano y el proyecto que vino después

En 1998, el antropólogo Johan Reinhard, explorador de National Geographic, la invitó a una excavación de un mes dentro del cráter del volcán Misti, en el sur del Perú, a más de 5.800 metros, junto a un equipo de la Universidad Católica Santa María de Arequipa. Ahí, entre carpas y hipoxia, empezaron a delinear el proyecto del año siguiente. También trabajaron juntos en un rescate en el Quehuar, donde buscadores de tesoros habían destrozado una momia.

El objetivo del proyecto Llullaillaco no era encontrar momias. Ceruti insiste mucho en este punto, porque toca la médula de su oficio: se trataba de estudiar el sitio arqueológico más elevado del planeta, comprender cómo se usaba el espacio y qué aspectos ceremoniales y logísticos entraban en juego en época incaica. Nada de cacería de tesoros.

Marzo de 1999: quedaron nueve

La expedición salió con catorce integrantes. El fotógrafo enviado por National Geographic sufrió un cuadro de edema pulmonar y cerebral en el campamento intermedio y hubo que evacuarlo. Cuando el vehículo partió de la base en medio de una tormenta de nieve, la mayoría de los colaboradores salteños eligió volver a la ciudad. Quedaron nueve personas para encarar el trabajo en la cima, a 6.739 metros, durante alrededor de un mes.

Ceruti se ocupa de nombrarlos uno por uno cada vez que puede: los directores Reinhard y ella; los estudiantes peruanos de arqueología Jimmy Borouncle, Rudy Perea y Orlando Jaén; el estudiante salteño de antropología Antonio Mercado; y Arcadio Mamani, su hermano Ignacio y su sobrino Edgar, de una comunidad originaria de la región del Colca.

Lo que encontraron no fue un instante sino un proceso de varios días extenuantes: tres cuerpos momificados por congelación, en un estado de conservación tan asombroso que parecían dormidos. Un varón de siete años, una nena de seis a la que un rayo alcanzó después de su muerte, y una adolescente de quince. Alrededor, más de cuarenta piezas de ajuar. Todo documentado sin cámaras digitales ni teléfonos celulares, que no existían al alcance de una expedición a fines del siglo XX. En 2001 los tres niños fueron declarados Bienes Históricos Nacionales y la cima del volcán, Lugar Histórico Nacional.

De aquellos días le quedó grabada una escena en particular: la recuperación de la niña del rayo, porque pudieron verle el rostro ahí mismo, en la cumbre.

“Hijos con alas” e “hijos con hojas”

Durante seis años, con las momias en custodia temporaria en la Universidad Católica de Salta, Ceruti coordinó los estudios interdisciplinarios: radiología, odontología, análisis genéticos y de cabello, exámenes de las ofrendas. Llegaron especialistas de Norteamérica, Europa y Australia, y se publicaron decenas de artículos científicos que permitieron reconstruir la vida de esos chicos y su papel en las ceremonias estatales incaicas.

El vínculo con ellos se le volvió afectivo. Los llama sus hijos con alas, el fruto del gran amor que son las montañas, y admite que trabajar con ellos le despertó sentimientos maternales ligados a la necesidad de cuidarlos.

Sus otros hijos, dice, son los que tienen hojas: más de veinticinco libros y doscientos artículos científicos. A eso se suma algo menos visible pero más estructural: ayudó a levantar campos enteros de estudio que antes no tenían nombre ni programa. Arqueología de alta montaña, arqueología de glaciares, etnografía de altura, antropología de montañas sagradas y la más reciente montología. Hoy hay investigadores jóvenes que entran por puertas que ella abrió.

El reverso: reconocida afuera, borrada adentro

El perfil no estaría completo sin la parte áspera, que ella cuenta sin eufemismos. Su nombre estuvo omitido durante catorce años en el MAAM, el museo salteño creado justamente a partir de los hallazgos de aquella expedición y que es una de las instituciones culturales más visitadas del país. Mientras tanto, hubo quienes aceptaron ser homenajeados como descubridores de las momias sin haber estado en la montaña durante las excavaciones y sin ser arqueólogos profesionales en ese momento.

Ceruti atribuye el borrado a ficciones provincialistas y misóginas, y señala que se trata de una arqueóloga argentina con ascendencia indígena cuyo aporte resultaba incómodo. Con los años, varios se disculparon alegando desinformación.

También habló públicamente de años de hostigamiento laboral, acoso moral y persecución ideológica en ámbitos profesionales, y de un arrepentimiento concreto: no haber reaccionado antes y con más firmeza. Su carrera, agrega, se sostuvo con austeridades de toda índole, incluidos los viajes a dedo que sus colegas ya conocen de memoria, y sin haber recibido nunca un subsidio del CONICET.

Los premios que sí llegaron

En 2006 recibió el Premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades, galardón otorgado a National Geographic y compartido con otros cuatro exploradores científicos. En 2017 le entregaron la Medalla de Oro de la International Society of Woman Geographers, una distinción que en cien años recibió apenas una veintena de mujeres, entre ellas Amelia Earhart y Jane Goodall. Suma además el Courage Award de Wings WorldQuest y el reconocimiento de National Geographic como una de los seis exploradores jóvenes más destacados del mundo. Ha dado conferencias en decenas de universidades, academias y museos, y compartió panel con Reinhold Messner en The Explorers Club de Nueva York.

En Salta dirige ad honorem el Instituto de Investigaciones de Alta Montaña de la UCASAL, creó la cátedra de Montañas Sagradas y da clases a estudiantes de Turismo, muchos de ellos miembros de comunidades andinas, además de dictar en una maestría en valoración del patrimonio. También escribió columnas de opinión en El Tribuno de Salta.

Setenta pisos de escalera

La disciplina sigue intacta y tiene formas poco glamorosas. En Salta sube el cerro San Bernardo. En Buenos Aires encara setenta pisos de escalera, que son los siete pisos del edificio donde vive su madre repetidos diez veces sin parar, y camina entre ocho y quince kilómetros diarios. La idea no es mantener una condición atlética, que nunca le interesó, sino estar lista para arrancar un ascenso apenas se presente la ocasión.

Esa disponibilidad se nota en el terreno. En septiembre de 2025 apareció en Villa de Merlo, San Luis, y subió el Cerro Blanco y el Cerro Áspero junto al guía Germán Romero, caminando unos quince kilómetros por viejas huellas mineras. También se metió en las aguas heladas del Salto del Tigre. Viene trabajando en estudios antropológicos sobre las sierras de la zona, como los que ya hizo en la Cruz de Chumamaya y el Mogote Bayo.

Lo que todavía falta

Su lista de pendientes es, previsiblemente, una lista de montañas. A escala local le gustaría llevar la docencia a la altura, con viajes de estudio y seminarios de campo que crucen turismo activo y formación académica. Y tiene un sueño declarado: fundar un centro de estudios de montañas sagradas donde su biblioteca quede disponible para estudiantes, montañistas y docentes.

Es coherente con el punto de partida. Todo empezó con la biblioteca de su padre y una loma cordobesa. Medio siglo después, el proyecto es devolver las dos cosas juntas.