Marina Simian

Marina Simian
Marina Simian desarrolló durante más de dos décadas una carrera científica en el CONICET y luego cofundó Oncoliq, una empresa que busca detectar distintos tipos de cáncer a partir de microARNs presentes en la sangre.

Durante años trabajó en el laboratorio tres días por semana. Martes, jueves y sábados, jornadas larguísimas. Los sábados su marido se quedaba con los chicos; los otros dos días conseguía ayuda para cuidarlos. Cuando volvió de Estados Unidos con los hijos todavía chicos, el esquema pasó a ser entrar al instituto a las seis de la mañana para poder buscarlos a la una. Marina Simian dice que tuvo mucha suerte. Lo que muestra su recorrido es otra cosa: fue la primera investigadora latinoamericana en ganar un subsidio de la fundación Susan G. Komen, publicó más de cuarenta trabajos científicos, dirigió su propio grupo en el CONICET durante dos décadas y a los 50 dejó todo eso para fundar una empresa que busca detectar cáncer con un análisis de sangre.

Una beca a los quince y una clase que la torció

La vocación apareció temprano y fue reconocida temprano. Cursando cuarto año en el colegio Northlands, Simian se ganó una beca para estudiar biología marina durante un semestre en Estados Unidos. Era algo raro en esa época y para alguien de esa edad.

El giro definitivo llegó después, en el primer año de la carrera en Exactas.

La materia se llamaba Introducción a la Biología Celular y Molecular y la dictaba Alberto Kornblihtt. Simian lo describe como un docente extraordinario y usa una expresión que resume bastante bien lo que pasó: la atrapó mal.

A partir de ahí el recorrido tuvo un solo sentido. Doctorado en el Lawrence Berkeley National Laboratory, en California. Posdoctorado en el Instituto Ángel H. Roffo, ya de vuelta en Buenos Aires. Y más de veinte años como investigadora del CONICET.

Ella misma advierte que casi nadie dimensiona lo que implica ese camino. Lo compara con la formación de un médico: seis años y medio de carrera de grado sin atrasarse nunca, cinco de doctorado, dos más de posdoctorado. Recién ahí aparece la posibilidad de probarse a uno mismo.

Y agrega la parte que rara vez se cuenta: es un trayecto tedioso, sacrificado y frustrante, porque la mayoría de las veces los experimentos no dan lo que uno esperaba.

Lo que hace falta para aguantar

Cuando le preguntan qué habilidades necesita un investigador, Simian no menciona la inteligencia.

Habla de una motivación especial para estar leyendo todo el tiempo, asociando ideas y sacando conclusiones. Una parte de eso lo transmiten los mentores, dice, pero hay otra que depende exclusivamente del interés genuino, porque la actividad consume una cantidad enorme de energía.

Después aparece un componente que sorprende: la mano.

Sostiene que el trabajo de laboratorio tiene una dimensión manual decisiva, que el manejo de los materiales y la reproducibilidad de un experimento dependen mucho de la persona que lo hace. La analogía que usa es doméstica y exacta: es como cocinar, hay gente a la que las tortas le salen siempre bien y gente a la que nunca.

Lo tercero es la tolerancia a la frustración. Y ahí desliza una observación que no todos sus colegas dirían en voz alta: nota que desde 2006 los jóvenes llegan con menos aguante y con menos habilidad para escribir y estructurar un texto.

La jefa que no le controlaba el horario

Simian tuvo a sus dos primeros hijos mientras hacía el doctorado en Estados Unidos, en un laboratorio donde muy pocas mujeres del grupo eran madres.

Lo que cambió todo fue una conversación con su jefa cuando nació el primero. Le dijo que se organizara como quisiera, que no iba a estar controlándole horarios de entrada ni de salida, que no le importaba si trabajaba un sábado, un domingo o de noche, porque confiaba en que iba a cumplir.

Simian marca ese momento como fundamental. No era flexibilidad administrativa: era confianza.

De ahí salió el esquema de tres días largos por semana. Después, ya en Buenos Aires, el de las seis de la mañana. Su descripción de esos años es de una honestidad poco heroica: siempre vivía a las corridas, buscándole la vuelta, acomodando horarios, ajustando todo para que funcionara.

Recién cuando los tres chicos entraron al doble turno la cosa se volvió más llevadera. La etapa complicada, aclara, es cuando son chiquitos.

Escribir proyectos, que es donde está la diversión

Preguntada por lo que más disfruta de investigar, la respuesta no es el descubrimiento.

Es escribir los proyectos.

Imaginar una idea, planificarla, decidir por dónde ir, leer todo lo necesario para entenderla y formular una hipótesis que no se le haya ocurrido a nadie. Eso, para ella, es la parte más divertida.

Y tiene un efecto en cadena que explica cómo funciona un laboratorio por dentro: de esas propuestas escritas para conseguir financiamiento salían después las tesis de sus estudiantes. Lo que empezaba como un pedido de fondos terminaba siendo el motor de las investigaciones del grupo.

El tema al que le dedicó la mayor parte de su carrera fue el microambiente tumoral, es decir, todo lo que rodea a una célula cancerosa y condiciona su comportamiento. Más específicamente, estudiaba por qué algunas pacientes con cáncer de mama dejan de responder al tamoxifeno.

El dato que hay detrás explica la urgencia. Alrededor del 70% de las pacientes toma ese fármaco durante diez años después de la cirugía, y cerca del 30% sufre una recaída. Su equipo buscaba entender qué señales del entorno permiten que algunas células tumorales sobrevivan al tratamiento y vuelvan a crecer más adelante.

La elección del cáncer de mama, dice, no fue tanto una decisión sobre el tema como una decisión sobre la gente. Su jefa en Estados Unidos trabajaba sobre la idea de que se puede modificar el comportamiento de una célula modulando el andamiaje que la rodea. Simian tomó ese enfoque y lo aplicó a un cáncer en particular.

El subsidio que consiguió golpeando una puerta

En 2006, con 34 años, ganó un subsidio de 250.000 dólares de la fundación Susan G. Komen. Fue la primera investigadora latinoamericana en recibirlo.

Lo que sigue tiene algo de retrato de época y de carácter. Con la plata ya asignada pero sin estructura para administrarla, fue a golpearle la puerta al presidente del Instituto Ángel H. Roffo para pedirle que la ayudara con la gestión de los fondos.

Le fue bien, empezó a tomar becarios del CONICET y desde ahí armó su carrera. Publicó más de cuarenta trabajos.

Pero cuando enumera lo que más valora de esa etapa, no nombra los papers. Nombra la formación de gente. Dice que quiso generar en sus estudiantes la misma experiencia positiva que ella había tenido afuera.

También cuenta el reverso, y no lo disfraza. Cada becario que empieza es una mochila: el chico tiene un sueldo por cinco años y en ese tiempo hay que producir resultados publicables y defendibles. El director es, de alguna manera, el proveedor que hace posible que la tesis avance.

Por qué se fue del laboratorio a los 50

La decisión de 2021 tuvo varias capas y Simian las expone todas, incluso las que no quedan simpáticas.

La pandemia había dejado a sus dos becarios sin poder entrar al laboratorio, y no quería iniciar nuevos doctorados sabiendo que iban a perder uno o dos años.

Pero además estaba cansada del rol de mentora. Sentía que los estudiantes llegaban cada vez menos preparados y que compensar eso implicaba un esfuerzo enorme. Percibía menos curiosidad y menos motivación que en generaciones anteriores, sin saber bien si el motivo eran las pantallas u otra cosa. Y notaba que, a medida que avanzaba cada doctorado, ella tenía que involucrarse más —supervisar la tesis, los experimentos, escribir los papers, conseguir los fondos—, lo que erosionaba justamente la independencia que esperaba ver crecer.

Ver a un estudiante despegar y sorprenderla con ideas propias sigue siendo, para ella, lo más lindo del oficio. Esa dinámica había dejado de darse.

Entonces apareció la propuesta de su colega Adriana De Siervi, en febrero de aquel año, para convertir la investigación compartida en una empresa. Para noviembre ya tenía nombre.

Simian suma un último factor, dicho sin rodeos: también pesó cumplir cincuenta.

Oncoliq y un número que la ordena todo

La investigación que dio origen a la empresa había empezado estudiando microARNs —moléculas que regulan la expresión de los genes— en tumores de mama de ratones. Después pasó a la sangre de esos ratones. Y finalmente a sangre de pacientes.

El problema que Oncoliq se propone resolver está resumido en una estadística que Simian repite porque explica todo lo demás. Cerca de la mitad de los adultos va a desarrollar cáncer en algún momento. Con la tecnología actual, alrededor de la mitad de esos casos se detecta en etapas tardías. Y de quienes reciben un diagnóstico tardío, aproximadamente el 80% muere dentro de los cinco años.

Su formulación es directa: lo que buscan resolver es la muerte como consecuencia de la detección tardía.

El test se hace a partir de una extracción de sangre común. Mide microARNs, que hoy no se evalúan en los laboratorios clínicos convencionales, con una metodología que no forma parte de las plataformas estándar. El precio minorista estimado ronda los 70 dólares, y la idea es que se integre a los análisis de rutina.

La empresa avanza en paralelo con un laboratorio propio para procesar las muestras, porque la técnica todavía no está lista para transferirse a terceros. El segundo cáncer que van a abordar es el de pulmón, y desde mayo de 2025 trabajan con la provincia de Chubut en un programa de tamizaje de HPV para detección temprana de cáncer de cuello de útero.

La ronda de inversión que financia esta etapa fue liderada por Endurance28, un fondo con sede en San Francisco, acompañado por Draper U Ventures, Air Capital, Women in Technology, DIM Centros de Salud, Sah-lood e inversores ángeles.

Kitesurf, aviones y una recomendación incómoda

Hoy su año está repartido en tres lugares. Buenos Aires. Estados Unidos, donde pasa alrededor de dos meses buscando financiamiento. Y La Pedrera, en la costa uruguaya, donde después de trabajar sale a hacer kitesurf y está con su marido y sus hijos.

Es una rutina que solo funciona para alguien dispuesto a organizarse alrededor de lo que le interesa, que es exactamente lo que viene haciendo desde que tuvo a su primer hijo en un laboratorio de California.

A los jóvenes que quieren emprender en ciencia les da un consejo que a muchos no les gusta escuchar: que terminen la formación antes. Que hagan el doctorado. Sostiene que la ciencia es compleja, que desarrollar un fármaco o un test diagnóstico no es trivial y que conviene consolidar ese piso antes de dar el salto.

Su lectura del ecosistema es optimista y tiene fundamento. Cree que la Argentina va a tener sus unicornios en biotecnología, porque en la región se destaca en ese campo gracias a una base científica sólida y a una densidad de investigadores alta comparada con la de sus vecinos.

Y cierra con la advertencia que más se repite entre quienes ya se estrellaron: muchas startups fracasan porque desarrollan algo que nadie necesita. Su recomendación final es buscar un problema grande y real, y prepararse bien para resolverlo.

Ella eligió uno que se puede enunciar en una sola frase, y por eso le ordena los días.