Miguel San Martín

En unas vacaciones de invierno de mediados de los setenta, un adolescente de Villa Regina fue al kiosco del pueblo a hacer las compras de la mañana. La tapa del diario Río Negro traía la foto de la pata de la sonda Viking apoyada sobre la superficie de Marte. En ese momento, según cuenta él mismo, se dijo: esto es lo que yo quiero hacer.
Cinco décadas más tarde, Miguel San Martín es el jefe de Ingeniería para el Guiado, Navegación y Control del Jet Propulsion Laboratory de la NASA, y participó en todos los aterrizajes exitosos de vehículos estadounidenses en el planeta rojo.
Un cielo sin luces y un padre que leía las estrellas
Su fascinación no empezó con el diario sino antes, en la tranquera de la chacra familiar, pegada a la ruta 22. Su padre era ingeniero civil y trazaba caminos y puentes en la Patagonia en una época sin GPS, orientándose por las estrellas. Conocía las constelaciones y se las enseñó.
Él lo resume con una observación que vale para cualquier chico de ciudad: en Buenos Aires no se mira para arriba, se mira para abajo. Fue en esas noches oscuras y sin luna donde le nació el interés por el espacio.
El resto de la familia empujó en la misma dirección. Un tío construía estaciones de energía y telefonía. Su abuelo materno fue un marino italiano, el capitán Cánepa, oceanógrafo reconocido, con varias islas y accidentes geográficos que llevan su apellido. Buena parte de la geometría marítima, señala San Martín, es la misma que se usa para navegar en el espacio.
Sus juguetes tenían pilas y venían con kits de química o electrónica. Sus primeras hazañas fueron radios y alarmas. Y tenía lanchas a control remoto que le producían una fascinación específica: le parecía rarísimo que uno pudiera guiar algo a distancia. Esa rareza terminó siendo su profesión.
Un pasaje de ida en enero
Terminó el secundario en el colegio industrial Pío IX, en Buenos Aires, en diciembre de 1978. En enero ya estaba en Estados Unidos. Solo, sin familia allá, sin un plan concreto y con un inglés que él describe como precario: sabía toda la gramática que se enseña en el colegio, pero no podía hablar ni escuchar.
En lo demás se sentía bien preparado. La escuela técnica le había dado una base sólida en matemática, física y electrónica. Y contaba con algo que él nombra como suerte: un padre que podía costearle los estudios.
Fracasó en el primer intento. Cornell no lo aceptó y, por un momento, pareció que la aventura entera no iba a durar ni un año. Le encontró la vuelta para entrar en Syracuse University, donde estudió ingeniería electrónica y sacó tan buenas notas que fue distinguido como Estudiante de Ingeniería del Año.
Con ese antecedente se postuló a varias universidades y lo aceptaron en el MIT, en Stanford y en Carnegie Mellon. Eligió el MIT por una razón muy concreta: ahí se había desarrollado el sistema de guiado, navegación y control del programa Apolo, y quería estudiar con esos profesores. Se graduó como magíster en Ingeniería Aeronáutica y Astronáutica en 1985.
El único trabajo que tuvo en su vida
Los centros de la NASA reclutan en el MIT. Cuando se presentó el JPL, San Martín se puso traje y corbata. Nadie usa traje y corbata en el JPL, pero él no lo sabía. Lo entrevistaron, le pagaron un pasaje, lo entrevistaron de nuevo y le ofrecieron el puesto.
Está ahí desde 1985 y, según sus propias palabras, es el único empleo que tuvo.
El JPL es un caso raro dentro de la agencia: la NASA lo opera mediante un contrato con Caltech, así que el ambiente se parece más a una universidad que a una oficina gubernamental. Informal pero eficiente, define él.
Sus primeros trabajos fueron la misión Magallanes a Venus y Cassini a Saturno, donde diseñó el sistema de orientación de la nave basado en las estrellas, la misma técnica que su padre usaba en la Patagonia con otras herramientas. Después vino Marte y ya no se fue más: Pathfinder en 1997 como jefe de ingeniería, Spirit y Opportunity en 2004, Curiosity en 2012, y Perseverance, donde participó como consultor y como miembro de los paneles de revisión.
SkyCrane y los siete minutos de terror
El aporte técnico por el que más se lo conoce es el sistema SkyCrane, del que es coinventor. Curiosity era un rover del tamaño de un auto pequeño, y el esquema clásico —una plataforma con patas que se posa y una rampa para bajar el vehículo— no funcionaba a esa escala. La idea que surgió de los ingenieros mecánicos fue invertirlo todo y poner el sistema de propulsión arriba, con el rover colgando.
Cuando le preguntaron si semejante cosa se podía controlar, respondió que sí y pidió un par de ajustes en la geometría del sistema. Insiste en que fue un trabajo de equipo y en que hubo contribuciones de mucha gente.
Con Curiosity llegó también el video de la NASA que popularizó la expresión “los siete minutos de terror”, en el que San Martín es uno de los ingenieros que explica lo que ocurre entre el momento en que la nave toca la capa alta de la atmósfera marciana, a 125 kilómetros de altura y a 20.000 kilómetros por hora, y el instante en que la superficie la recibe entera. El vehículo tiene que frenar, separar partes y sobrevivir a una secuencia que no perdona: una falla del 0,01 por ciento arruina todo. Su comparación es futbolera y exacta: sería errar el penal en la final de un mundial.
El placer de encontrar la raíz del problema
Le preguntaron una vez cuáles eran sus tres hobbies. Respondió, aclarando que quedaba mal decirlo, que su trabajo es el hobby número uno, porque lo disfruta de verdad y le dedica mucho tiempo. Los otros dos son escuchar música —le gusta especialmente el jazz— y comer, como buen argentino. También le fascina leer sobre la historia del proyecto Apolo, y dice que muchos de esos libros parecen ciencia ficción.
Pero su descripción más precisa de qué lo mueve tiene que ver con los problemas. Dice que nunca está tan feliz y tan miserable al mismo tiempo como cuando tiene uno para resolver: feliz porque le gusta, miserable porque es trabajo, con noches enteras mirando el techo.
Lo que más disfruta no es encontrar la solución sino llegar a la raíz del problema. Observa que los ingenieros jóvenes suelen saltar a las soluciones antes de entender qué pasa, y así terminan tratando síntomas. Cuando uno llega al fondo, sostiene, la solución muchas veces aparece sola, y casi siempre resulta mucho más simple.
Hay también una honestidad poco frecuente sobre el costado gris del oficio. Cuenta que hay momentos de gran frustración porque estas aventuras las hacen seres humanos que no siempre están de acuerdo, con problemas de presupuesto y dificultades permanentes. La forma de recargar las baterías, dice, es acordarse de en qué están trabajando: en poner una sonda sobre la superficie de Marte.
Lo que busca en Marte
Su explicación de por qué importa todo esto es de una claridad didáctica notable. Las misiones Viking de los años setenta buscaron vida presente y no encontraron nada; el resultado negativo hizo caer el interés y el financiamiento. Las misiones posteriores cambiaron la pregunta: ya no si había vida ahora, sino si alguna vez existieron las condiciones para que la hubiera.
Curiosity dejó eso bastante claro. Hace unos tres o cuatro mil millones de años, Marte era un planeta cálido y húmedo, parecido a la Tierra, con ríos, atmósfera y agua con un pH compatible con la vida. También aparecieron compuestos orgánicos. San Martín lo formula sin rodeos: era casi imposible que no hubiera existido vida ahí.
Perseverance dio el paso siguiente. Busca biofirmas, indicios minerales que puedan haber sido depositados por actividad biológica, y toma muestras que encapsula y deja sobre el terreno. Para bajar en el cráter Jezero, una zona de pendientes y acantilados de unos ochenta metros, el rover usa un sistema llamado Terrain-Relative Navigation: saca fotos del suelo durante el descenso y las compara con un mapa que lleva a bordo, lo que reduce el margen de error de unos tres kilómetros a menos de cincuenta metros.
Su trabajo actual es la continuación lógica: Mars Sample Return, la misión que irá a buscar esas muestras y las traerá a la Tierra. Son varias misiones en una, con una nave y un cohete que despegará desde la superficie marciana. Él lo llama el broche final de su carrera y dice, medio en broma, que con eso ya puede colgar los botines.
Volver, contar, elegir jurados
A pesar de vivir en California, San Martín viaja seguido a la Argentina para dar charlas en universidades e instituciones científicas. Participó del TEDx Río de la Plata en 2012 y del encuentro Migración de Ideas de la Fundación Balseiro en Bariloche, en 2022, donde recorrió el campus del Instituto Balseiro. También integró el jurado del primer Concurso de Tesis de Ingeniería de Invap, una tarea que describió como una responsabilidad de ser justo con jóvenes a quienes ese reconocimiento puede cambiarles la vida.
Sobre las oportunidades locales tiene una posición optimista y concreta. Menciona que la CONAE e Invap ya participan de misiones científicas junto a la NASA, y destaca el fenómeno del newspace, con compañías como Satellogic que operan con costos mucho más bajos. Su conclusión es personal: si fuera joven hoy, no habría tenido que irse del país como tuvo que hacerlo él.
Guiar cosas a distancia
Le preguntaron si viajaría a la Luna. Dijo que sí, en la Starship de SpaceX, porque va a ser cómoda; en una cápsula Apolo, honestamente, no. ¿Y a Marte? Mucho menos.
La respuesta que dio a continuación explica su carrera entera mejor que cualquier currículum. A él no le apasiona el viaje: le apasiona diseñar las máquinas que hacen posible el viaje. Que un aparato pueda guiarse solo por el espacio, orientándose con las estrellas, es lo que lo tuvo despierto desde aquellas lanchas a control remoto de la infancia hasta el sistema que posó a Curiosity sobre el suelo marciano.
Y hay una frase suya sobre el momento en que todo eso se vuelve real: ver un vehículo aterrizar en Marte sabiendo que uno tuvo algo que ver es una experiencia que no se olvida, y que sirve para aguantar hasta la próxima.
