Fernando Stefani

Un cabello humano mide entre veinte mil y ciento ochenta mil nanómetros de ancho. Una bacteria, unos dos mil. Fernando Stefani trabaja varios órdenes de magnitud más abajo: su laboratorio puede seguir en tiempo real cómo una estructura de ADN mueve una pieza diminuta entre dos posiciones separadas por apenas diez nanómetros. Esa es la escala donde ocurre casi todo lo interesante de la biología, y también la escala que durante más de un siglo la óptica no pudo alcanzar. Buena parte de la vida profesional de este físico argentino consistió en correr ese límite, primero en Alemania y después, por decisión propia, en Buenos Aires. La historia de su pasión tiene dos capas: la fascinación por lo que no se ve y la terquedad de haber querido perseguirla desde acá.
Un ingeniero que terminó entre los físicos
Empezó en 1997 en el Instituto Sábato de la Comisión Nacional de Energía Atómica, estudiando Ingeniería en Materiales, una disciplina que él mismo describe como física del sólido aplicada. Cuando llegó el momento de hacer la tesina quiso irse afuera, y contaba después que idealizaba esos institutos extranjeros como si fueran otra cosa. Se postuló en muchos lugares. Quedaron dos: Manchester y el Instituto Max Planck de polímeros en Maguncia. Eligió Alemania y viajó en septiembre de 2000.
La primera lección no fue científica sino de perspectiva. Descubrió que en los pasillos de esos centros no había genios: había gente que trabajaba bien, con muchísimos recursos, y que su propia formación argentina resistía perfectamente la comparación. Le fue tan bien que lo invitaron a volver para el doctorado, que defendió en 2004 con la máxima calificación.
Después vinieron Barcelona, con Niek van Hulst en el ICFO, y Múnich, en la cátedra de Jochen Feldmann. Ocho años en Europa.
Volver por razones que no tenían que ver con el trabajo
Acá aparece el rasgo que más lo define. Cuando le preguntaron por qué había decidido regresar, Stefani no habló de oportunidades ni de laboratorios: dijo que tiene tres hermanos con los que la pasa muy bien y quería estar cerca. Y agregó una frase que ordena toda su biografía: le gusta trabajar, pero no es el trabajo lo que decide dónde vivir.
Volvió en octubre de 2009. Se sumó al Departamento de Física de Exactas y al CONICET. La oficina que le asignaron estaba en pésimo estado y se puso a limpiarla él mismo hasta que el departamento mandó pintores. Para montar el laboratorio calculaba que hacían falta entre medio millón y tres cuartos de millón de dólares en equipamiento, y no los tenía. Con un cuarto, decía entonces, se podía arrancar.
El laboratorio que se construyó desde cero
Quince años después, ese laboratorio es referencia regional en nanofotónica y microscopía de superresolución. Entre 2011 y 2016 dirigió, junto a Stefan W. Hell —Premio Nobel de Química 2014—, un grupo asociado Max Planck. De esa colaboración salió MINFLUX, la técnica que permite ubicar moléculas fluorescentes con una precisión sin precedentes, presentada en Science a fines de 2016.
Después vino el perfeccionamiento: MINFLUX por pulsos láser intercalados, o pMINFLUX, desarrollado con el equipo de Philip Tinnefeld en Múnich. El microscopio que funciona en el CIBION, con hardware y software construidos en el propio instituto, permite seguir dos moléculas al mismo tiempo con precisión nanométrica y hasta localizar moléculas que absorben luz pero no la emiten.
Lo que viene es todavía más ambicioso. Su grupo está adaptando la técnica para células vivas y, junto al IBIOBA, quiere observar el transporte axonal —el sistema de reparto interno de las neuronas— con resolución de un nanómetro y escalas temporales de microsegundos, comparando neuronas sanas con otras que tienen mutaciones asociadas a enfermedades neurodegenerativas. Son procesos que tardan décadas en manifestarse y cuyos mecanismos son demasiado sutiles para cualquier otro método.
Formar gente, que es la otra mitad del oficio
Hay una cifra en su currículum que no suele destacarse tanto como los papers: más de veinte jóvenes empezaron su carrera en su laboratorio, en la academia o en empresas de alta tecnología, y dos de las cinco mejores tesis de física experimental del país salieron de ahí, según el premio bienal de la Asociación Física Argentina.
Para alguien que volvió con una oficina destartalada y sin equipamiento, esa es probablemente la construcción más difícil de todas: no el microscopio, sino la gente capaz de usarlo y de fabricar el siguiente.
Cuando la pasión obliga a hablar
Los últimos años lo encontraron en un lugar incómodo. Stefani se volvió una de las voces más citadas del debate sobre política científica argentina, con diagnósticos duros: sostiene que el país no está en una etapa de desarrollo sino acumulando retrocesos en ciencia y tecnología, y ha señalado lo triste que resulta ver cómo se vuelve a empujar a los investigadores a irse. Participó además en las comisiones de Ciencia y Tecnología del Congreso.
Viniendo de alguien que se fue, que pudo quedarse afuera con comodidad y que eligió volver, esa preocupación tiene un peso particular. No es un reclamo abstracto sobre presupuesto: es la defensa de la posibilidad concreta de que alguien haga acá lo que él hizo.
Lo que sostiene todo
La imagen que mejor resume su pasión no es un premio ni una tapa de revista. Es la del origami de ADN moviendo un brazo diez nanómetros y alguien mirándolo suceder, en vivo, en un microscopio armado a mano en Buenos Aires. Stefani lleva veinticinco años empujando el borde de lo observable, y lo notable es que decidió empujarlo desde el lugar donde quería vivir, no desde el lugar donde era más fácil.
