Fabián "Tweety" González

Tecladista, productor y arreglador porteño nacido en 1963. Empezó tocando jazz los domingos a la madrugada, terminó firmando algunos de los discos más escuchados de la Argentina y, a los sesenta años, sigue midiendo su felicidad en canciones que todavía no escuchó. Este es el recorrido de una obsesión que lleva cuatro décadas sin apagarse.
Una primera palabra que ya anticipaba todo
Él mismo cuenta que no habló hasta los dos años y que, cuando por fin lo hizo, señaló un parlante y dijo “Phillips”. La anécdota es demasiado redonda para ser un invento de prensa, y sin embargo la repite en su propio sitio oficial. A los cuatro empezó a manotear el acordeón a piano de su madre, que era profesora del instrumento. Después vinieron la percusión, la flauta dulce y finalmente el piano, con formación en el Collegium Musicum y en el Conservatorio Manuel de Falla. Creció en Versalles, un barrio del oeste porteño sin ninguna tradición rockera particular, escuchando a los Beatles y a Pink Floyd.
El apodo llegó recién en 1982, y no se lo puso ningún productor. Se lo puso el Mono Fontana, después de verlo bajar prácticamente volando por la escalera de la casa de sus padres. Le quedó para toda la vida.
Jazz & Pop: aprender tocando con los que sabían más
Su carrera profesional arranca en 1983, en las jam sessions de los domingos en la sala porteña Jazz & Pop. Era un adolescente metido entre la crema del jazz-rock argentino de la época, improvisando con gente que le llevaba años de ventaja. De ahí salió su primer trabajo pago: tecladista de Celeste Carballo, que por entonces era la figura nueva del rock argentino. También fue invitado a tocar con Moro-Satragni.
Esa escuela dejó marca. El que aprende improvisando junto a otros desarrolla un oído distinto al del solista: aprende a sostener, a adivinar hacia dónde va la canción ajena, a no estorbar. Ese músculo terminó siendo su profesión. Cuatro décadas después le devolvió el favor a la sala con “Jazzypop”, el único instrumental de su disco debut.
Los años de Fito: de tecladista a productor en tiempo récord
En 1985 Fito Páez lo convocó para su banda. Al poco tiempo ya estaba produciendo Giros, el segundo álbum del rosarino: su primera producción, y a los veintiún años. Después llegaron Ciudad de pobres corazones y Ey!, dos discos ásperos y oscuros que hoy son objeto de culto, y más adelante El amor después del amor, el álbum más vendido de la historia del rock argentino. Trabajó seis años dentro de esa estructura.
Cuando le preguntan cuál de todos ellos quiere más, no elige el más exitoso. Nombra Ey!. Su explicación es sencilla: los discos quedan pegados a momentos de la vida, no solamente a la música que contienen.
Por esos mismos años se convirtió en uno de los primeros músicos latinoamericanos en usar MIDI e integrarlo a los shows en vivo, cuando esas máquinas eran caras, escasas y bastante sospechosas para el ambiente. Lo mismo pasó con los samplers. La curiosidad por el aparato que nadie usó todavía es otra forma de su pasión, y le dio dos décadas de ventaja competitiva.
El cuarto Soda
En 1989 se sumó a Soda Stereo. Se quedó más de ocho años y fue el tecladista que más tiempo acompañó a la banda, razón por la cual se ganó el mote de “cuarto Soda”. Su nombre figura en Canción animal, Dynamo, Sueño Stereo, el MTV Unplugged y El último concierto. En 2007 volvió a subirse para el regreso: veintidós estadios de América Latina y Estados Unidos con la gira Me verás volver.
El vínculo con Gustavo Cerati siguió del otro lado del vidrio. En 2005 empezaron a trabajar juntos en Ahí vamos, editado en abril de 2006 y coproducido por ambos. Ese noviembre el disco se llevó dos Latin Grammy —Mejor Álbum Vocal de Rock Solista y Mejor Canción de Rock por “Crimen”— además de varios Gardel. Convocado también por Cerati, González trabajó en la ingeniería de cuatro temas de Shakira.
Ácida, o el intento de tener banda propia
Su primer proyecto verdaderamente personal es de 1999: Ácida, formado junto a Alina Gandini. Grabaron en Buenos Aires y después se mudaron a Los Ángeles, donde mezclaron La vida real con producción de Chris Allison para el sello Sonic360. A los nueve meses de tocar en el circuito californiano se llevaron el premio de la revista La Banda Elástica a la mejor banda latina radicada en Estados Unidos. Volvieron a Buenos Aires y en 2004 la banda se disolvió.
De esa etapa norteamericana salió también Tripping Tropicana, el disco de los colombianos Superlitio que quedó nominado al Latin Grammy. Con los peruanos Líbido ganó un premio MTV por Hembra. Y en 2006 coprodujo ocho canciones de Mediocre, el debut de la mexicana Ximena Sariñana, que fue récord de ventas en su país y recibió nominaciones a Revelación y Mejor Producción del Año.
Estudio propio, sello propio, pelea propia
En 2009 fundó su estudio de grabación. En 2011 produjo el debut solista de Richard Coleman, Siberia Country Club, y Bi, de Kevin Johansen. En junio de 2013 acordó con The Orchard la distribución digital de Twitin Records, su sello, y ese mismo año coprodujo el álbum inicial de Zero Kill, el proyecto de Benito Cerati. Entre 2016 y 2017 hizo la curaduría artística de dos ciclos en la cúpula del centro cultural de Buenos Aires, con más de treinta y seis conciertos.
Desde la Asociación de Sellos Independientes de la Argentina, donde fue primero vicepresidente y después presidente, sostiene una crítica que no suaviza: casi todo el mundo consume música gratis, y no pagarla eliminó el proceso de selección del oyente. Su argumento es concreto. Cuando comprabas un disco lo escuchabas entero, incluso los temas que no te gustaban, porque te había dolido el bolsillo. La cuenta que sigue es peor: el uno por ciento de los artistas se queda con casi toda la torta del streaming, mientras salen unas ciento veinte mil canciones nuevas por día.
Twitin Club, el debut más experimentado del rock argentino
Su primer trabajo bajo su propio nombre llegó en 2023, cuarenta años después de aquellas noches en Jazz & Pop. Lo describió como una deuda pendiente, la figurita que le faltaba en el álbum: después de meter mano en cientos de discos ajenos, quería uno con control total. La pandemia le dio el tiempo que le faltaba, y él mismo admite que tuvo que vencer una autocrítica feroz para soltarlo.
Prefiere llamarlo compilado antes que álbum, porque el espíritu es colectivo. Ahí están Lisandro Aristimuño y el cordobés Tuten Mapu en “Una pregunta más”, Leandro Lacerna con Big Buda y Kofke 117 en “Caer”, Gimena Alvarez Cela en “Porro viejo”. El hallazgo inesperado fue Maia Tarcic, poeta y actriz sin recorrido musical previo: la llamó para escribir letras y terminó componiendo con ella la mitad del material.
Lo que lo pone contento no son los premios
En 2015 la Fundación Konex le dio el Diploma al Mérito como productor artístico de la década. En 2025 repitió el diploma y sumó el Konex de Platino de su disciplina, que le entregó Mavi Díaz. Ese mismo año se sentó en el Palacio Libertad, junto a la Asociación Argentina de Técnicos e Ingenieros en Audio, a contar cómo se grabó Ciudad de pobres corazones mientras el público lo escuchaba en alta definición.
Y sin embargo, cuando le preguntan qué lo entusiasma, no menciona ninguna estatuilla. Habla de los músicos jóvenes que podrían ser sus hijos y le mandan sus canciones tres meses antes de publicarlas para preguntarle si le gustaron. Eso, dice, le da más alegría que un Gardel o un Grammy. Ahí está el nudo del asunto: González no se enamoró de una carrera ni de un cargo, se enamoró del instante exacto en que aparece una canción que no conocía. A los quince le pasaba viendo debutar a Serú Girán. Le sigue pasando igual.
