Fabricio Ballarini

Quería ser arquitecto como el padre. Se anotó, hizo primer año y le fue mal. Enojado con su propia decisión, cruzó a la facultad que quedaba enfrente en Ciudad Universitaria y se inscribió en Biología, más que nada porque le gustaban los documentales de animales. Pasó tercero, pasó cuarto, y recién ahí entendió a qué se dedicaba un científico. La conclusión que sacó de ese descubrimiento tardío terminó definiéndole la carrera entera: si un estudiante avanzado de biología no sabe en qué puede trabajar, el problema no es del estudiante sino de cómo los científicos cuentan lo que hacen. Hoy Fabricio Ballarini investiga la memoria en el CONICET, dirige un departamento universitario, escribió varios libros y es una de las caras más reconocibles de la divulgación científica argentina.
Seis alumnos, un martes a la mañana
Hay un momento que él identifica como el que le torció el rumbo, y no fue un experimento.
Fue una clase.
En la facultad le tocó como docente Adrián Paenza, en una época en la que Paenza era conocido sobre todo como periodista deportivo. Ballarini no sabía quién era hasta que lo vio entrar. Eran seis alumnos, un martes a la mañana.
Lo que le llamó la atención no fue el contenido sino la manera. Dice que el tipo daba todo y que armaba sus clases de un modo completamente distinto al del resto. Eso lo fascinó desde el primer día.
Aun así aclara que en ese momento jamás se le cruzó por la cabeza que él iba a terminar contando ciencia.
De los ratones a un aula de Avellaneda
En 2009, siendo todavía becario doctoral, Ballarini hizo algo que en su laboratorio no se hacía: fue a una escuela primaria de Avellaneda.
Hasta entonces, todos los hallazgos del Laboratorio de Memoria se habían obtenido estudiando el comportamiento de animales. Los humanos nunca habían sido el objeto de estudio.
Lo que fue a probar ahí es lo que después se convirtió en su marca registrada. La idea, dicha en criollo, es que cuando algo rompe la rutina y sorprende al cerebro, este se pone a trabajar: sintetiza proteínas y guarda con más fuerza la información de ese momento.
El detalle que lo vuelve aplicable a un aula es el alcance temporal. Según explica, ese efecto no cubre solo el instante de la sorpresa: abarca desde alrededor de una hora antes hasta una hora después. Como si el cerebro apretara un botón de grabar hacia atrás y hacia adelante.
Traducido a una escuela: si antes o después de una clase de historia los chicos tienen una experiencia breve y novedosa —una clase de música inesperada, algo que rompa la previsión—, recuerdan mejor la historia.
Ballarini terminó probando esa estrategia con miles de estudiantes de todos los niveles.
Educando al Cerebro, o por qué no le alcanzaba con publicar
De esas visitas a escuelas salió una incomodidad que él plantea en términos casi éticos.
Los docentes recibían al equipo con enorme apertura, prestaban sus aulas, sus alumnos y su tiempo. Y a cambio la ciencia se llevaba los datos, publicaba un paper y desaparecía. A Ballarini le pareció injusto usar el instrumento educativo sin devolver nada.
La respuesta fue invitar a otros investigadores que trabajaban en educación, pedir el Aula Magna del Colegio Nacional de Buenos Aires y armar una jornada abierta para docentes. La llamaron Educando al Cerebro.
Funcionó tan bien que consiguieron respaldo del CONICET para llevarla al resto del país.
Ese ciclo derivó después en uno de sus libros, y la lógica de fondo es la misma que atraviesa todo lo que hace: el conocimiento que se produce en un laboratorio financiado por el Estado tiene que volver a la gente en un formato que la gente pueda usar.
REC y lo que pasa cuando un científico escribe para cualquiera
Su primer libro salió en 2014 y se llamó REC: Por qué recordamos lo que recordamos y olvidamos lo que olvidamos.
Casi doscientas páginas en las que desfilan la rutina, la novedad, la sorpresa, el olvido y las memorias falsas, escritas para alguien que no tiene formación científica. La premisa es directa: se puede entrenar la memoria con experimentos caseros, sin necesidad de un laboratorio.
Sobre cómo lo escribió da un dato que dice bastante sobre su relación con el trabajo. Durante dos años metió horas extras en su casa, incluidos los fines de semana. Y aclara que no lo vivió como un castigo sino como algo enormemente motivante.
También admite que nada de esto estaba en el plan. Ni cuando hacía la tesis de licenciatura ni durante el doctorado se había propuesto escribir un libro, ni dar charlas para docentes, ni estar en la radio.
Su libro más reciente, No sos vos, soy yo, lo escribió junto al lingüista Juan Eduardo Bonnin y aplica el rigor científico a un tema poco habitual en ese registro: el amor romántico.
Cómo funciona un recuerdo, según él
Cuando le preguntan dónde se guarda la memoria, Ballarini desarma primero la imagen popular.
Durante mucho tiempo se pensó que los recuerdos estaban depositados en alguna estructura del cerebro, como en una cajita. Hoy el consenso es otro: están en las uniones entre neuronas. El cerebro genera conexiones, guarda información y desconecta, todo el tiempo y sin que uno se entere.
Su manera de graficarlo es elegante: el cerebro con el que alguien empieza una conversación no es el mismo con el que la termina.
La segunda idea que le gusta subrayar es que la memoria funciona como una máquina del tiempo. Permite cerrar los ojos y volver a una playa de la adolescencia, o escuchar una canción y que aparezcan caras, olores, sensaciones. Sin esos recuerdos no se puede proyectar, ni decidir, ni enamorarse.
Y la tercera es la más incómoda: no hay que confiar del todo en los recuerdos propios.
Su explicación es que cada vez que alguien evoca algo, no está accediendo al hecho original sino a la última vez que lo recordó. Y como en ese momento vuelve a guardarlo, lo modifica. Por eso los recuerdos son maleables y manipulables, tanto por el entorno como por uno mismo.
Cuando le preguntan si eso no resulta perturbador, responde que sí, porque uno es lo que es en función de su memoria. Pero pide igual conservar un margen de duda.
La memoria que dejamos en el celular
Hay un concepto que lo entusiasma especialmente y que se llama memoria transactiva.
Consiste en que no guardamos todo en nuestra cabeza: depositamos recuerdos en la gente que tenemos cerca. Funciona con compañeros de trabajo, con la familia, con la pareja. Como almacenar información es energéticamente costoso, el cerebro terceriza lo que puede.
De ahí saca una observación que tiene algo de desgarrador: uno de los dolores más fuertes de un duelo o una separación es que esa persona no solo se va físicamente, también se lleva parte de nuestros recuerdos.
El problema, dice, es que ahora hacemos memoria transactiva con el teléfono. Y lo que se pierde en ese traspaso es la capacidad de sostener hitos propios.
La pregunta que se hace en voz alta no la responde con optimismo: si la tecnología nos va a volver más tontos o si nos va a liberar tiempo para explorar otras cosas. Su impresión actual se inclina por lo primero, y lo ilustra sin piedad: nadie dice que usa inteligencia artificial para ganar tiempo y ponerse a estudiar chino; en general se pone a mirar videos de gatos.
La investigación que lo tiene preocupado
Junto a su equipo pasó dos o tres años midiendo autopercepción de ansiedad y depresión en escuelas del área metropolitana de Buenos Aires, primero en relación con la pandemia.
Empezaron porque los propios directivos y docentes les avisaban que estaba pasando algo distinto: más autolesiones, más casos de suicidio e intentos, más chicos llorando.
Al cruzar esos datos con consumo de redes sociales, actividad física, sueño y motivación, apareció un patrón. Los chicos arrancan el secundario con determinado tiempo de uso y cada año que pasa suman en promedio una hora más. Algunos llegan a picos de once, doce o trece horas diarias.
Ballarini aclara que se trata de una correlación y no de una causa demostrada, pero que la correlación es clara: más horas de celular, más percepción de ansiedad, más percepción de depresión, más problemas de sueño.
Para dimensionarlo usa una cuenta que funciona mejor que cualquier estadística. Cinco horas de pantalla por día equivalen a tres o cuatro meses de vida al año.
Pelearse con los mitos
Buena parte de su trabajo público consiste en desarmar cosas que la gente da por ciertas.
Que usamos el 10% del cerebro es falso, aunque él admite que el número es hermoso. Que hay personas de hemisferio izquierdo y otras de hemisferio derecho, también. Que los cerebros de varones y mujeres están cableados distinto es falso, viene del propio ámbito científico y se explica por cálculos mal hechos y por el machismo que también existe ahí adentro.
El sudoku no previene enfermedades neurodegenerativas, por más que a él le encantaría que sí. Aprender un idioma o un instrumento, en cambio, sirve. Dormir después de estudiar mejora la retención, y una siesta también cuenta.
Lo que más lo irrita son las publicaciones virales sin sustento. Contó su enojo con un posteo que aseguraba que estar dos horas en silencio por día genera neuronas nuevas: es un trabajo de hace más de una década, hecho en ratones, nunca verificado en humanos, y tenía millones de visualizaciones.
Su preocupación mayor son los mitos sobre vacunas, sobre todo cuando los difunde alguien del sistema de salud. Ahí, dice, se vuelven mucho más peligrosos.
Curiosidad antes que inteligencia
Le preguntaron si la curiosidad importa más que la inteligencia. Contestó que sí, y aclaró que era una opinión personal: se puede ser muy inteligente, pero sin curiosidad uno no va a buscar nada.
Es la síntesis más exacta de su propia biografía. Un chico que no sabía lo que era un científico, que falló en la carrera que había elegido por herencia familiar y que terminó dedicándose a estudiar cómo se forman los recuerdos casi por curiosidad hacia unos documentales de animales.
La pregunta que hoy le quita el sueño ya no es sobre el cerebro sino sobre lo que viene: qué le va a hacer la tecnología a nuestras funciones cognitivas. Dice que tiene bastante claro qué puede hacer él con la tecnología. Lo que lo desvela es lo otro.
