Hernán Casciari

Hay una respuesta suya que sirve como radiografía. Le preguntaron cuándo decidió dedicarse a esto y contestó que nunca hubo decisión: empezó de muy chico y “no me acuerdo de haber hecho otra cosa nunca”. No es la frase de alguien que eligió una vocación. Es la de alguien que nunca supo separarse de ella.
Un nene de pueblo con credencial de periodista
Nació en Mercedes, provincia de Buenos Aires, el 16 de marzo de 1971, y vivió ahí hasta los dieciocho: padre, madre, hermana y un perro chico. A los trece consiguió su primer trabajo, cubriendo partidos de básquet para el diario El Oeste.
A los diecinueve fundó y dirigió una revista local, La Ventana, donde hizo algo que hoy cuenta sin pudor: inventar historias con sus propios vecinos como personajes, mezclando lo real y lo falso por puro gusto lúdico. La broma terminó en problemas legales y la revista cerró a los dos años y medio. Fundó después el periódico El Domingo, que también duró poco. La pasión, en esa etapa, todavía no sabía dónde apoyarse.
En los noventa se mudó a Buenos Aires y trabajó en medios, sobre todo económicos. Entre 1998 y 1999 hizo algo que suena a apuesta desesperada y era, en realidad, disciplina: mandaba cuentos a concursos de Europa y Estados Unidos para vivir de lo que ganará. Le funcionó lo suficiente. Uno de esos premios, en 2000, lo llevó a París; ahí conoció a Cristina, catalana, y terminó viviendo quince años en Barcelona.
La obsesión encuentra su formato
En España fundó una empresa de clipping y, en paralelo, abrió un blog. De ese hobby salió Mirta Bertotti, un ama de casa mercedina inventada que escribía su diario íntimo en internet y que muchos lectores creyeron real. En 2005 ese blog ganó el premio de la Deutsche Welle al mejor del mundo y después se convirtió en la novela Más respeto que soy tu madre, traducida al francés y al italiano.
Vinieron otros experimentos donde la ficción se disfraza de realidad: un diario apócrifo de Letizia Ortiz, un personaje con enfermedad mental que escribía en el sitio de El País respaldado por una noticia falsa del propio diario. Después llegó Antonio Gasalla con la adaptación teatral de Mirta, estrenada en 2009, y con ella la fama y el dinero.
Renunciar a todo cuando todo va bien
En 2010, en el mejor momento, se fue. Renunció públicamente a cuatro editoriales grandes y a los diarios El País y La Nación, y fundó con Chiri Basilis, su amigo de la infancia, la revista Orsai: sin publicidad, sin intermediarios, distribución mundial. El primer número, en enero de 2011, vendió 10.080 ejemplares.
Ahí está el rasgo que le da forma a todo lo demás. Su pasión no es solo escribir: es armar el circuito completo para que la historia llegue sin peajes. Editorial propia, revista propia, productora propia, escuela de narrativa propia. Él lo explica sin épica: “lo que me funciona a mí económicamente es divertirme”, y cuando la comunicación es forzada, dice, no funciona.
El infarto como permiso
El 6 de diciembre de 2015 tuvo un infarto en Montevideo. Los médicos le prohibieron los vuelos interoceánicos por un tiempo y él aprovechó: hacía rato quería volver a la Argentina y no encontraba la excusa. Se quedó de este lado. Apenas llegó lo llamaron para una columna en Perros de la Calle, y desde entonces lee sus cuentos en radios de máxima audiencia, en televisión y en teatros.
De aquella noche salió también un libro, El mejor infarto de mi vida, y en 2025, una serie. La pasión, otra vez, transformando en material lo que le pasa por el cuerpo.
La familia, arriba del escenario
En 2016 armó una función para festejar su regreso con su madre, su hermana y otros parientes. Le gustó, la repitieron cada tanto y terminó en la calle Corrientes con marquesina. Su mamá, Chichita, es el corazón de esos espectáculos: quiso ser actriz de chica y su padre no la dejó, así que ahora se está dando el gusto. Su hijo lo resume al revés de lo esperable: hay que convencerla para que baje, no para que suba.
El humor es el otro material heredado. Dice que ni siquiera podría sentarse al teclado sin ese ingrediente, y se lo atribuye a su padre, divertido en la mesa chica y tímido en la grande. La infancia en el pueblo es su cantera preferida: “La infancia es un sistema de recuerdos muy esponjoso”, donde lo vivido y lo contado por una tía ya no se distinguen.
Cuando la pasión incomoda
En diciembre de 2023 dijo en un canal de streaming “No creo en la literatura” y las redes lo hicieron pedazos: le dijeron mercenario, cínico, demagogo. Su argumento era menos escandaloso que el titular: que las novelas de quinientas páginas pertenecen a una época sin catorce dispositivos compitiendo por la atención. Su respuesta fue coherente con su carácter: bajó a la mitad el precio de todos sus libros en papel hasta que dejaran de insultarlo.
Quien lo acusa de no querer a los libros tiene que explicar por qué lleva más de veinte publicados, una editorial que sostiene solo, una escuela de narrativa y películas financiadas por miles de socios que ponen plata sin conocerlo. Para La uruguaya, de Pedro Mairal, lanzó 6.000 bonos de cien dólares y juntó los 600.000 que costaba la película. Salió. Después llegaron Muchachos, Canelones y las demás.
Cincuenta y cinco años, y sigue haciendo lo mismo que a los trece: contar algo y esperar que del otro lado alguien se enganche.
