Marianela Núñez 

Marianela Núñez
Marianela Núñez desarrolló su carrera en el Royal Ballet, donde ingresó en 1998 y alcanzó el rango de primera bailarina en 2002.

Su mamá la anotó en ballet a los tres años. A los cinco ya había decidido que eso iba a ser su vida. A los seis entró a la escuela del Teatro Colón, a los catorce la eligió como pareja el primer bailarín Maximiliano Guerra, y a los quince audicionó para el Royal Ballet en Los Ángeles sin hablar una palabra de inglés. La contrataron, pero la ley británica no le permitía trabajar antes de los dieciséis. Esperó un año. Entró al cuerpo de baile en 1998 y en 2002, a los veinte, era primera bailarina. En julio de 2026, con veintiocho años en la misma compañía, estrenó en el Royal Opera House el primer programa que ella misma curó.

A los cinco ya estaba decidido

La historia de dedicación empieza antes de que ella pudiera entender qué estaba eligiendo.

Nació en Buenos Aires en 1982, la menor de cuatro hermanos. Su madre la anotó en clases de ballet a los tres años, probablemente por lo mismo que cualquier madre anota a una hija en una actividad. A los cinco, Marianela ya había resuelto que eso iba a ser su oficio.

A los seis entró a la Escuela de Ballet del Teatro Colón, que es el sistema de formación más exigente que existe en la Argentina para esa disciplina. Ahí se instaló la rutina que no abandonó nunca: barra todos los días, clase antes de cualquier otra cosa, el cuerpo trabajado como instrumento desde la infancia.

Vale señalar lo que eso significa en términos prácticos. Una chica de seis años que entra al Colón no está haciendo una actividad extraescolar. Está empezando una carrera profesional con una década de anticipación, en una disciplina que descarta a la enorme mayoría de quienes la intentan.

Catorce años y Maximiliano Guerra

La primera señal de que no era una alumna más llegó temprano y vino de alguien con autoridad para dar señales.

A los catorce años, el primer bailarín Maximiliano Guerra la eligió como su pareja de baile, y el Ballet del Teatro Colón la incorporó a la compañía. Bailó con él en Buenos Aires y en gira.

Que un primer bailarín consagrado elija a una chica de catorce para partenaire no es un gesto de generosidad: es una decisión técnica. En el pas de deux clásico, el que sostiene depende de la precisión de la que es sostenida, y nadie arriesga su propia función en una compañera que no está a la altura.

Los Ángeles, 1997: una audición sin inglés

En 1997, durante una gira, audicionó para el Royal Ballet en Los Ángeles. Tenía quince años y no hablaba inglés.

Le ofrecieron un contrato. Y ahí apareció un obstáculo que no tenía nada que ver con la danza: la legislación laboral británica no permitía trabajar en el Reino Unido antes de los dieciséis. La solución fue que entrara a la Royal Ballet School durante un año, con el contrato garantizado para la temporada siguiente.

Pensemos en lo que implica ese año. Una adolescente de quince que se va sola a otro continente, a un idioma que no habla, a esperar un empleo que todavía no puede ejercer. Esa es la parte de la vocación que no se ve en las funciones.

1998, 2000, 2002

La progresión posterior es la de un ascenso rápido en una estructura que asciende lento.

Entró al cuerpo de baile en 1998, a los dieciséis. En 2000 la promovieron a primera solista. Y en 2002, a los veinte años, fue nombrada primera bailarina.

Entre esos dos últimos escalones hay un episodio que suele aparecer en todas las versiones de su biografía porque es el que la instaló. En 2001 reemplazó a Leanne Benjamin como Kitri en Don Quijote, junto a Carlos Acosta. Kitri es uno de los papeles más técnicamente brutales del repertorio clásico, con el célebre adagio del tercer acto, y entrar de reemplazo en ese rol al lado de Acosta es una prueba sin red.

Veintiocho años en la misma compañía

Acá está el dato que distingue su carrera de casi cualquier otra, y es un dato de resistencia.

El repertorio que acumuló es el catálogo entero del ballet clásico y buena parte del moderno: Kitri, Swanilda, Aurora, el Hada de Lilas, el Hada de Azúcar, Nikiya, Gamzatti, el doble papel de Odette y Odile en El lago de los cisnes, Julieta, Giselle, Cenicienta, Manon y Alicia. Bailó obras de Frederick Ashton, John Cranko, Kenneth MacMillan, Wayne McGregor y Christopher Wheeldon. Como invitada pasó por Austria, Estados Unidos, Italia, Argentina y Australia, con presencia frecuente en La Scala y colaboraciones con Roberto Bolle.

Los premios acompañaron: el Olivier a la excelencia en danza en 2013, el reconocimiento a mejor bailarina en los National Dance Awards del Critics’ Circle en cuatro ocasiones distintas —2005, 2012, 2018 y 2022—, el Konex de Platino a la mejor bailarina de la década en la Argentina en 2009 y el Premio María Ruanova en 2011. En los Honores de Año Nuevo de 2025, la corona británica la nombró Oficial de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la danza.

Pero el número más elocuente es el de los años. En 2018, después de una función de Giselle, celebró dos décadas en el Royal Ballet, y el director artístico Kevin O’Hare la describió como una de las grandes bailarinas de su generación. Hoy va por los veintiocho.

En una disciplina donde la mayoría de las carreras termina a mediados de los treinta por el desgaste físico acumulado, seguir bailando papeles principales a los cuarenta y cuatro, en una de las tres o cuatro compañías más exigentes del mundo, es el resultado de una administración del cuerpo sostenida durante décadas.

Timeless, que es una carta de agradecimiento

Los veintiocho años los marcó con algo que nunca había hecho: armó ella misma un programa.

Marianela: Timeless se presentó en el Royal Opera House del 29 de julio al 2 de agosto de 2026 y fue el primer espectáculo que curó para la compañía. Eligió el repertorio: In the Night, de Jerome Robbins, y Marguerite and Armand, de Frederick Ashton, una de las obras a las que más vuelve, más una selección de divertimentos. Y convocó a buena parte del plantel de principales y solistas de la casa.

Su explicación del programa es la que da sentido al título de esta nota. Lo describió como una carta de amor a la compañía y al público, y lo planteó como una forma de agradecer a sus parejas de baile, a sus colegas, a la institución y a la gente que fue a verla durante casi tres décadas. En Instagram lo resumió en cinco palabras: sin ellos, no estaría acá.

Una bailarina que llega al derecho de armar su propio programa de celebración tiene la opción de ponerse en el centro. Ella usó esa posibilidad para poner a los demás en escena.

“Me siento invencible”

En dos entrevistas que dio al diario La Nación a fines de julio y comienzos de agosto de 2026 apareció la frase que mejor describe el combustible de todo esto. Dijo que aunque haya veces en que está cansada o preocupada, se levanta, sale de su casa y se siente invencible.

No es una declaración de triunfalismo. Es la descripción de una rutina: el cansancio y la preocupación están asumidos como parte del día, y el oficio es lo que los ordena.

Su agenda sigue abierta y se amplió hacia terrenos nuevos. El 1 de octubre de 2026 se anunció que es la cara de la asociación entre L’Oréal Paris y la Royal Ballet and Opera, la primera alianza de belleza en la historia de la casa, que incluye un recorrido por los espacios de bastidores del Royal Opera House con el detalle del trabajo que hay detrás de cada función: la clase de la mañana, la preparación, los rituales previos al telón. Ella lo calificó como un gran honor y dijo que tenía ganas de unir los dos mundos.

Es coherente con el resto. Una carrera construida sobre la parte invisible del oficio terminó asociada a un proyecto cuyo objeto es justamente mostrar esa parte.

Entró al Colón a los seis años. Lleva treinta y ocho bailando.