Juan Bautista Segonds

Juan Bautista Segonds: el rugby como puente para la paz
Juan Bautista Segonds impulsa encuentros a través de Rugby Sin Fronteras y lleva su experiencia en trabajo en equipo al deporte, las empresas y la educación.

A Juan Bautista Segonds le dicen el Loco de la Paz, y el apodo se lo ganó armando scrums donde el mundo pone fronteras: entre israelíes y palestinos en Jerusalén, entre veteranos argentinos y británicos de Malvinas, entre cubanos y estadounidenses en La Habana. Ex capitán de rugby, fundador de Rugby Sin Fronteras y coach del equipo argentino campeón de la Copa Davis, llegó a esa misión después de tres quiebras y de las heridas más profundas que puede cargar una persona. Su historia es la de una pasión que no se explica sin el dolor que la precedió.

El chico de Coronel Suárez que encontró refugio en el scrum

Segonds empezó a jugar al rugby a los 8 años en el Coronel Suárez Rugby Club, y a los 18 fue capitán del equipo campeón de 1987. La pelota ovalada llegó cuando más la necesitaba: a los 10 había sufrido abuso sexual por parte de su entrenador de básquet, una herida que tardó décadas en nombrar públicamente. A los 21 vivió otra marca brutal: su mejor amigo fue asesinado a su lado a la salida de una cancha de fútbol, y esa noche los detuvieron a todos menos al asesino.

El rugby siguió siendo su columna. Jugó quince años en la primera del Club Pueyrredón de Buenos Aires, donde fue capitán y recibió el premio CAP, vistió la camiseta del seleccionado de San Isidro y después entrenó juveniles y a la primera de Los Cardos de Tandil. Treinta años arriba de una cancha le dejaron una convicción que repite en cada charla: el scrum es el único lugar del deporte donde nadie empuja solo.

En paralelo corrió su vida de emprendedor, que arrancó a los 14 años y lo fundió tres veces. La última fue la peor: en 2008 presentó una balanza de granos innovadora en una exposición en Ámsterdam, y meses después el conflicto por la Resolución 125 arrasó con su empresa. “Estuve literalmente dos veces con la escopeta en la boca”, contó años después en una entrevista con MDZ.

Scrums donde el mundo pone fronteras

De esa última quiebra, en enero de 2009, salió su obra. El 13 de diciembre de ese año fundó Rugby Sin Fronteras junto a Gustavo Zerbino —sobreviviente de la tragedia de los Andes— y Fernando Vela, con una misión escrita sin eufemismos: construir la paz y difundir respeto, tolerancia, trabajo en equipo y solidaridad a través del rugby.

La fundación convirtió la pelota ovalada en pasaporte. Entre 2009 y 2012 viajó cuatro veces a las Islas Malvinas para juntar a isleños, argentinos, ingleses y excombatientes. En 2010 tendió un “puente solidario” en Fray Bentos en pleno conflicto por las papeleras. En 2011 subió al Valle de las Lágrimas para homenajear a los uruguayos del Milagro de los Andes y viajó a Sudáfrica a tributar a Nelson Mandela. El 23 de noviembre de 2012 logró la foto que le dio la vuelta al mundo: 50 jóvenes israelíes y 50 palestinos jugando juntos en Jerusalén, el día en que al equipo lo bautizaron “los locos de la paz”. Después vinieron los scrums multitudinarios —más de 1.200 chicos en Bahía Blanca—, la Primera Declaración Mundial de Paz en Francia, el encuentro de veteranos argentinos y británicos en Londres en 2015 y el de cubanos y estadounidenses en La Habana en 2017.

Los reconocimientos acompañaron: Embajador de la Paz en 2011, Mensajero de la Paz por Benedicto XVI en 2012, y en 2015 Peace and Sport eligió a Rugby Sin Fronteras como Fundación del Año.

Del vestuario de la Davis a los salones de empresa

La pasión de Segonds también encontró lugar en el alto rendimiento. Entre 2015 y 2016 fue el entrenador holístico del equipo argentino de Copa Davis que conducía Daniel Orsanic, el que levantó la ensaladera por primera vez en la historia del tenis argentino. El presidente Mauricio Macri le entregó la medalla al mérito por ese título. Su trabajo —la dimensión física, psicológica, emocional, energética y espiritual del equipo— era la traducción profesional de lo que venía predicando desde la fundación: un grupo se transforma en equipo o no llega.

El quiebre íntimo que ordena su relato tiene fecha: el 10 de junio de 2012 atravesó una experiencia cercana a la muerte. “Me morí literalmente, y desde ahí todo empezó a fluir”, cuenta. De ese día sale la filosofía que hoy reparte en sus charlas: dejó de creer que el mundo exterior era la causa y su interior el efecto, y dio vuelta la ecuación. Sobre eso escribió dos libros —Cómo transformar un grupo en un equipo (2017) y Vivir en Equipo (2023)—, dio dos charlas TED y más de un centenar de conferencias en Argentina, España, Estados Unidos, Uruguay, Colombia, Italia y Francia, además de talleres como “Ambiente libre de quejas” en empresas, municipios y colegios. También sigue cerca de la cancha de siempre: desde 2016 trabaja con Qompi Rugby, el equipo de la comunidad toba qom de Formosa.

Su propósito declarado cabe en una línea que usa como firma: inspirar a las personas a iluminar su vida. El pibe que encontró refugio en un club de Coronel Suárez terminó convencido de que el rugby no era el fin sino la herramienta, y le dedicó la vida a demostrarlo.