Néstor Sarmiento

Néstor Sarmiento
Néstor Sarmiento combina su producción pictórica con la enseñanza en su atelier de Recoleta, que celebró treinta años de actividad en 2026.

Aprendió a pintar con su padre. Después se formó con el maestro Vito Campanella, se radicó en Brasil en 1983 y volvió a la Argentina en 1992. Desde entonces hace dos cosas al mismo tiempo: pinta al óleo y enseña a pintar al óleo. Su atelier de Recoleta cumplió treinta años de actividad ininterrumpida en 2026, y lo festejó con una muestra de setenta de sus alumnos en la Facultad de Derecho de la UBA. La frase con la que cierra sus videos resume mejor que cualquier currículum lo que viene haciendo desde los noventa: “Y no te hagas el artista, porque vos podés serlo”.

El primer maestro fue el padre

El punto de partida de esta historia está en una casa y no en una academia.

Su primer maestro fue Roberto Sarmiento, su padre, con quien se inició en la pintura. Eso tiene una consecuencia que recorre toda su trayectoria posterior: aprendió el oficio en la forma en que se aprende un oficio familiar, mirando trabajar a alguien y copiando sus movimientos, antes de cualquier instancia formal.

Quien pasa por ese tipo de formación suele quedarse con una idea de la enseñanza distinta a la de quien se formó en una institución. La transmisión es cuerpo a cuerpo, sobre el cuadro, corrigiendo mientras la pintura todavía está húmeda. Treinta años más tarde, eso es exactamente lo que se replica en su propio taller.

La formación con Campanella

Su etapa de formación posterior la hizo con el maestro Vito Campanella, acompañado por Domingo Onofrio y Félix González Mora.

Esa filiación importa porque define el terreno estético en el que trabaja. La obra que Sarmiento ofrece y expone se mueve entre registros figurativos, expresionistas y surrealistas, y su técnica es el óleo, sin desvíos hacia otros materiales. En un momento del arte contemporáneo donde la instalación, el video y el objeto ocupan buena parte de las salas, dedicar una carrera entera al óleo sobre tela es una decisión y no una limitación.

Su propio sitio organiza la obra en cinco períodos, lo que indica una producción lo bastante extensa como para tener etapas diferenciadas.

Brasil, 1983

En 1983 se radicó en Brasil y permaneció allá hasta 1992, cuando volvió a la Argentina.

Son nueve años afuera, en el país más grande de la región y en plena transición democrática de los dos lados de la frontera. Desde su regreso participó en salones y exposiciones nacionales e internacionales, y expuso en Brasil, Italia, Estados Unidos y México.

En la Argentina fue invitado a presentar su obra en tres espacios de peso: el Centro Cultural Borges, el Museo de Bellas Artes de la Provincia de Buenos Aires y el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación.

Florencia, y la lista de premios

El reconocimiento más repetido en su currículum viene de Italia.

Recibió la Medalla de Oro Lorenzo il Magnífico en la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Florencia, el premio Italia per l’Arte de la Vetrina Internazionale degli Artisti Latino, y el Gran Collar Donatello, otorgado por la Academia Cosimo de’ Medici, que además lo nombró maestro honorífico.

En Buenos Aires acumuló distinciones de salones y galerías: mención especial del jurado en Galería Donderte, primera mención de honor en Galería Núcleo de Arte, tercera mención de honor en Galería El Portal y primer premio en el Salón Aniversario de la Universidad Popular de La Boca. A eso se suman reconocimientos de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y de la Cámara de Diputados de la Nación.

Treinta años de atelier

Acá está la parte de su trabajo que más dice sobre su dedicación, y no tiene que ver con sus propios cuadros.

Su atelier, en Recoleta, cumplió treinta años de actividad ininterrumpida. Por ahí pasan alrededor de cien alumnos por mes en clases presenciales, y las clases online llegan a distintas provincias argentinas y a alumnos radicados en México, Bolivia, Brasil, Alemania, España e Inglaterra.

La estructura del taller dice bastante sobre cómo entiende la enseñanza. Toma alumnos desde los doce años y trabaja con grupos de adultos, para principiantes y para avanzados, con sesiones de modelo vivo disponibles. Es decir que en la misma sala puede haber alguien que nunca tocó un pincel y alguien que pinta desde hace años.

Sostener eso tres décadas, sin interrupciones, en un país con la inestabilidad económica de la Argentina, es un dato que conviene medir. Las academias de arte privadas son uno de los primeros gastos que una familia recorta cuando el ingreso se achica. Treinta años de continuidad implican haber atravesado 2001, la pandemia y cada crisis intermedia manteniendo la matrícula.

Setenta alumnos en la Facultad de Derecho

Los treinta años los festejó de la manera más coherente con su oficio: exponiendo a los alumnos y no a sí mismo.

La muestra se llamó “Expo 70 alumnos” y se presentó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires del 20 de abril al 4 de mayo de 2026, en el salón de exposiciones de la facultad, como parte del programa de muestras plásticas de la institución. Setenta de sus alumnos colgaron obra. Según el relato del propio atelier, la inauguración reunió a más de mil doscientas personas.

Vale detenerse en la elección. Un pintor que cumple treinta años de taller tiene el derecho ganado a hacer una retrospectiva propia en un espacio institucional. Él usó ese espacio para los otros.

“No te hagas el artista, porque vos podés serlo”

La frase con la que cierra sus videos de enseñanza es una declaración de método, y vale desarmarla porque no es una frase hecha.

La primera parte, “no te hagas el artista”, desactiva la pose: la idea de que para pintar hace que uno asuma antes una identidad, un aire, una manera de presentarse. La segunda, “porque vos podés serlo”, dice lo contrario de lo que parecería seguir. No está negando que el otro pueda ser artista; está diciendo que puede, y que justamente por eso no necesita actuarlo.

Lo que él describe como su objetivo al enseñar es transmitir confianza a quien recién empieza. En un oficio donde la primera barrera suele ser la convicción de no tener talento, eso es menos obvio de lo que suena: cien alumnos por mes, durante treinta años, son miles de personas que se sentaron frente a una tela creyendo que no iban a poder.