Navi Pillay

Es hija de un conductor de autobús y creció en un barrio indio pobre de Durban, en plena Sudáfrica del apartheid. En 1967 se convirtió en la primera mujer negra con estudio jurídico propio en su provincia, y la mayoría de sus clientes eran presos políticos. Treinta años más tarde presidió el tribunal que estableció que una violación puede ser genocidio. El 9 de octubre de 2026, a los 85 años, recibió el Premio Nobel de la Paz.
La primera frase la dijo en Núremberg
Cuando le tocó hablar por primera vez como premio Nobel, eligió el lugar antes que las palabras. Lo hizo desde la sala del Tribunal de Núremberg, el recinto donde en 1945 se juzgó por primera vez a los responsables de crímenes de Estado.
Dedicó el premio a las víctimas de crímenes internacionales. Y aprovechó para advertir sobre algo que la viene preocupando: los ataques políticos contra el derecho internacional, en particular contra la Corte Penal Internacional, donde ella misma fue jueza.
El Comité Nobel noruego la premió por décadas de trabajo contra la impunidad, desde su lucha contra el apartheid hasta su participación en investigaciones de genocidio y crímenes contra la humanidad, y por su aporte a un orden jurídico internacional basado en la responsabilidad de los Estados y de quienes los gobiernan. Jørgen Watne Frydnes, que preside el comité, resumió el criterio con una frase breve: el derecho internacional es un fundamento para un mundo más pacífico.
Clairwood, 1941
Nació el 23 de septiembre de 1941 en Clairwood, un barrio de Durban, cuando la provincia todavía se llamaba Natal. Su familia era de origen indio tamil y tenía pocos recursos. Su padre conducía un autobús.
Para una chica india y pobre en la Sudáfrica de los años cincuenta, el sistema tenía el camino bastante trazado, y no pasaba por la universidad. Ella estudió igual: se licenció en 1963 y terminó Derecho en 1965, las dos cosas en la Universidad de Natal. Durante la carrera se sumó al Movimiento de Unidad No Europea, una de las organizaciones que se oponía al régimen racial.
Hizo sus prácticas en Durban con el abogado Narainsamy Thumbi Naicker, vinculado al Congreso Nacional Africano. Y en 1967, con veintiséis años, abrió su propio estudio. Fue la primera mujer negra de la provincia en hacerlo.
Defender a los que nadie quería defender
El detalle que explica esa decisión es sencillo: no es que eligiera el litigio político por militancia abstracta. Era lo que había.
Su clientela fueron los presos políticos del apartheid. Defendió a Phyllis Naidoo. Defendió a miembros del Movimiento de Unidad No Europea acusados en 1971 bajo la Ley de Terrorismo. Defendió también a su propio marido, Gaby Pillay, cuando lo detuvieron.
Y en 1973 consiguió algo que trascendió sus casos: logró que se reconociera el derecho de los presos políticos a contar con asesoría legal. Hasta entonces el Estado podía mantenerlos incomunicados de cualquier abogado.
A mediados de los setenta tomó la defensa de figuras del Movimiento de Conciencia Negra, entre ellas Saths Cooper y Strini Moodley.
En paralelo siguió estudiando. Se fue a Harvard, donde obtuvo un máster en Derecho en 1982 y un doctorado en Ciencias Jurídicas en 1988, con más de cuarenta años. En 1985 cofundó Equality Now, una organización dedicada a los derechos de las mujeres.
Cuando el apartheid cayó, participó de la Coalición Nacional de Mujeres y aportó a la redacción de la cláusula de igualdad de la Constitución sudafricana. El trabajo de litigante se le convirtió en texto fundacional.
Septiembre de 1998, Arusha
En 1995 fue nombrada jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, creado para juzgar el genocidio del año anterior. Estuvo ahí hasta 2003 y lo presidió entre 1999 y 2003.
El fallo que la puso en los libros de derecho llegó en septiembre de 1998. El acusado era Jean-Paul Akayesu, exalcalde de la comuna de Taba, condenado por su papel en las atrocidades contra los tutsis en 1994. La sentencia estableció algo que hasta ese momento no existía en la jurisprudencia internacional: que la violación y otras formas de violencia sexual pueden constituir genocidio y crímenes contra la humanidad, según las circunstancias y la intención con que se cometan.
Ella lo describió después con una frase que sintetiza el cambio: la violación pasó de ser considerada botín de guerra a ser un crimen de guerra.
Vale la pena medir la distancia entre las dos escenas. La abogada que en 1973 peleaba para que un detenido pudiera ver a un abogado, veinticinco años después firmaba la sentencia que redefinió cómo el derecho internacional entiende la violencia sexual en los conflictos armados.
De La Haya a Ginebra
Entre 2003 y 2008 fue magistrada de la Corte Penal Internacional, en La Haya.
Después, de 2008 a 2014, ocupó el cargo de alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el puesto más visible del sistema en esa materia. Desde ahí denunció violaciones en Siria, en Gaza y en Sri Lanka, con un estilo que le ganó tantos respaldos como enemistades entre gobiernos.
Nunca dejó de trabajar después de eso. Preside la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, con sede en Madrid, y actuó como jueza ad hoc de la Corte Internacional de Justicia en el caso que Gambia le planteó a Myanmar por el trato a la minoría rohinyá.
En 2021 asumió la presidencia de la comisión independiente de investigación de la ONU sobre los Territorios Palestinos Ocupados, cargo que dejó en noviembre de 2025. En septiembre de ese año la comisión concluyó que Israel comete genocidio en Gaza. El gobierno israelí rechazó esa conclusión, que sigue siendo materia de disputa internacional. Es el tramo más discutido de su trayectoria y también el que más atención recibió cuando se anunció el Nobel.
Una idea sostenida durante sesenta años
Antes del Nobel ya había recibido el Premio Stockholm de Derechos Humanos en 2010, el Defender of Democracy de Parlamentarios por la Acción Global en 2014 y el Premio de la Paz de Sídney el año pasado.
Lo que llama la atención al mirar la secuencia completa no es la lista de cargos. Es la repetición del mismo gesto en escalas cada vez mayores: conseguir que alguien a quien el poder dejó sin defensa tenga a quién recurrir. Lo hizo con detenidos del apartheid en los setenta, con sobrevivientes del genocidio ruandés en los noventa y con poblaciones civiles de media docena de conflictos desde entonces.
A los 85 años su preocupación declarada no es su propio legado, sino la fragilidad de la estructura que ayudó a construir. Por eso eligió Núremberg para hablar. Y por eso su primer mensaje como Nobel fue un pedido a los líderes políticos: proteger los derechos humanos y evitar la guerra.
