Demian Reidel

La pasión de Demian Reidel tiene la forma de un átomo. Se formó como físico en el Instituto Balseiro, se desvió veinte años hacia Wall Street —Goldman Sachs, JPMorgan, su propio fondo— y hasta pasó por el directorio del Banco Central, pero terminó volviendo al lugar del que nunca se fue del todo: hoy preside Nucleoeléctrica Argentina y conduce el Plan Nuclear que suena con reactores modulares, uranio y data centers de inteligencia artificial. Este perfil recorre ese viaje de ida y vuelta, y cómo una vocación de laboratorio moldea una carrera entera.
Un físico en Wall Street
Reidel nació el 8 de enero de 1971 y su formación dibuja una escalera poco habitual: licenciatura en Física en el Instituto Balseiro de Bariloche, maestría en Matemática en la Universidad de Chicago y doctorado en Economía en Harvard. Con ese arsenal se metió en las mesas de mercados emergentes de Goldman Sachs y JPMorgan, cofundó el fondo QFR Capital Management en Nueva York y dio clases en la maestría en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella.
La cofradía del Balseiro
El Balseiro no es un dato decorativo en su biografía. El instituto de Bariloche, gestionado por la Comisión Nacional de Energía Atómica, es la usina histórica de los físicos argentinos, un lugar al que se entra por examen y se sale con una identidad. Reidel pertenece a esa cofradía, y cuando años más tarde le tocó defender la capacidad nuclear argentina, habló menos como funcionario que como alguien que volvía a su tema de juventud.
Su primer paso por la función pública llegó con el gobierno de Mauricio Macri: designado en diciembre de 2015, integró el directorio del Banco Central junto a Federico Sturzenegger y fue uno de los arquitectos de la ingeniería financiera que permitió levantar el cepo cambiario el 16 de diciembre de 2015. Renunció poco después de la salida de Sturzenegger, en 2018, y volvió al mundo académico como investigador senior de la Harvard Kennedy School.
Del cepo al Consejo de Asesores
El regreso fue por la puerta grande de los libertarios: el 8 de marzo de 2024, Javier Milei lo puso al frente del Consejo de Asesores de la Presidencia, y en diciembre de ese año lo sumó al Consejo Nuclear encargado de diseñar la nueva política atómica, junto a Guillermo Francos y Luis Petri.
Visto en perspectiva, el desvío financiero nunca lo alejó de la física: hizo carrera modelando mercados, el oficio donde las ecuaciones del Balseiro valen tanto como en el laboratorio. La vuelta al átomo fue menos un giro que un regreso.
El hombre del átomo y la IA
El 23 de abril de 2025 asumió la presidencia de Nucleoeléctrica Argentina, la operadora estatal de Atucha y Embalse, y en julio dejó el Consejo de Asesores para dedicarse de lleno al Plan Nuclear Argentino. El plan tiene tres fases. La primera: diseñar y construir un reactor modular de 300 megavatios en el complejo de Atucha, con financiamiento privado, para lo cual se abandonó el proyecto Atucha III que iba a financiar China. La segunda la explica con una metáfora de góndola: “Vamos a vender los reactores y vamos a vender el combustible”, como las máquinas de afeitar y sus repuestos, con la ambición de reemplazar a la rusa Rosatom como proveedor de Estados Unidos. La tercera: atraer inversiones en tecnología alimentada por reactores, con los clusters de inteligencia artificial como cliente estrella.
En el camino tomó decisiones ásperas, como discontinuar el desarrollo comercial del CAREM, el reactor modular de diseño propio que la CNEA venía construyendo, por falta de viabilidad comercial. También impulsa la minería de uranio y la creación de YPF Nuclear, y resume la oportunidad argentina con una frase que dejó en La Nación: “Nuestro país se ganó la lotería geológica”. Para el lector que recuerda al Reidel del Banco Central, la sorpresa es menor de lo que parece: el físico que puso ecuaciones a la salida del cepo ahora intenta ponerle precio de exportación al átomo argentino.
Cuatro reactores en cinco años
Las metas que enunció tienen número y plazo: cuatro módulos por 1,2 gigavatios operativos en cinco años, capaces de abastecer cerca del 10% del consumo eléctrico argentino actual, y la ambición de que el país sea de los primeros del mundo en vender reactores modulares pequeños. El uranio es la otra pata: Argentina tiene tres centrales nucleares y nunca explotó sus reservas del mineral, una paradoja que Reidel quiere cerrar para abastecer a los futuros compradores de reactores. “Cuando un país busca instalar un centro de datos, se sentirá atraído por esta infraestructura”, explica sobre la fase tres, que imagina polos de cómputo alimentados por el átomo, con la Patagonia y su frío como ventaja de refrigeración.
El átomo antes que el poder
La agenda internacional acompaña el entusiasmo. En mayo de 2025 encabezó una visita a Francia de la que volvió con acuerdos con la aceleradora parisina Station F, cooperación con la Alianza Europea de SMR e intercambios científicos con las agencias atómicas francesas. Y en julio de 2025 tomó la decisión que terminó de definirlo: dejó la presidencia del Consejo de Asesores —el cargo de máxima cercanía con Milei— para quedarse solo con Nucleoeléctrica. Entre el poder político y el átomo, eligió el átomo.
Al anunciar esa salida resumió el alcance de su obsesión: el plan abarca la construcción del primer reactor modular argentino, la extensión de vida de las centrales existentes, el impulso a la minería de uranio y la creación de YPF Nuclear, y lo definió como una política de Estado orientada a recuperar la soberanía energética y potenciar el desarrollo científico. En esa última palabra —científico— asoma el estudiante de Bariloche que nunca dejó de ser: un país que vende reactores es también un país donde los físicos no tienen que elegir entre la vocación y la carrera. A Reidel, volver a esa vocación le llevó treinta años y dos carreras ajenas; hoy la ejerce desde el edificio que opera las tres centrales nucleares del país.
