Luis Fondebrider

Quería ser futbolista. Jugó hasta los dieciséis años en las divisiones inferiores de Boca Juniors, de número cinco, hasta que su padre le planteó que eligiera entre eso y estudiar. Como era malo en matemáticas y en física, se anotó en una carrera amplia que en aquel momento no las exigía: antropología.
Cuatro décadas más tarde, Luis Fondebrider es una autoridad mundial en la identificación de personas desaparecidas, trabajó en unos sesenta y cinco países y en febrero de 2026 fue nombrado Chevalier de la Legión de Honor por decreto del presidente francés. Sigue siendo hincha de Boca y sigue viendo fútbol.
El día que un grupo de estudiantes dijo que sí
El punto de partida tiene una precisión casi documental. En febrero de 1984, con la democracia recién recuperada y frágil, la justicia argentina ordenó exhumar cuerpos enterrados como NN en cementerios de todo el país. Durante dos meses esas exhumaciones estuvieron a cargo de sepultureros, con presencia de médicos forenses oficiales, y los restos terminaron destruidos.
Las Abuelas de Plaza de Mayo, que venían recorriendo el mundo buscando un método científico que les permitiera vincularse con sus nietos, llegaron a la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. Esa organización envió una delegación de forenses a Buenos Aires. Entre ellos estaba Clyde Snow, un antropólogo forense estadounidense que decidió hacer una primera exhumación y necesitaba ayuda local.
Se la pidió a los graduados en antropología, y le dijeron que no. Entonces el traductor de la delegación, un estudiante argentino de medicina, ofreció preguntarles a unos amigos arqueólogos. Fondebrider tenía diecinueve años; sus compañeros, entre veintidós y veinticuatro.
Él lo cuenta sin épica: eran estudiantes politizados que acompañaban al movimiento de derechos humanos, iban a las marchas y se pasaban las horas discutiendo cómo arreglar el mundo. De pronto apareció una oportunidad concreta desde lo que estudiaban, y se tiraron de cabeza sin pensarlo. Los organismos les dijeron una frase que decidió todo: nuestros hijos tenían la edad de ustedes cuando desaparecieron.
Aprender lo que la universidad no enseñaba
Los primeros años fueron de improvisación absoluta. Nadie les había enseñado cómo decirle a un familiar que habían encontrado a su ser querido, ni cómo armar un proyecto para presentarle a un donante. Trabajaban junto a fiscales, a policías —al principio, la misma policía que había matado y desaparecido gente— y con otros forenses que los miraban de reojo por ser antropólogos y no médicos.
Después de dos años de trabajo con Snow, el grupo constituyó legalmente el Equipo Argentino de Antropología Forense en 1987. Eran seis o siete personas. Para 2021, cuando Fondebrider dejó el equipo tras treinta y siete años, eran unas setenta, con oficinas en Argentina, Estados Unidos, Sudáfrica, México y España, y un método que integra once disciplinas científicas: médicos, antropólogos, arqueólogos, odontólogos, genetistas, geógrafos, físicos, matemáticos, arquitectos.
El modelo que desarrollaron combina la investigación previa —el quién, cómo, dónde y cuándo, lo que haría la policía en cualquier caso criminal— con el análisis multidisciplinario de los restos. Fue el primer equipo de este tipo en el mundo, y su regla de circulación internacional es llamativa: nunca hicieron lobby ni se ofrecieron. Los llaman, van, forman gente local y se retiran. No se perpetúan.
Los números detrás del método
Hacia 2016, el EAAF llevaba 710 personas identificadas sobre unos 1.200 restos recuperados, contaba con 65 profesionales y había trabajado en cerca de cincuenta países. Fondebrider ha actuado como perito en más de setecientos casos ante tribunales argentinos.
Una pieza decisiva fue la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, puesta en marcha en 2007. Durante años la limitación no había sido genética sino de información: faltaban datos ante mortem sobre cómo eran esas personas en vida. La iniciativa creó un Banco de Sangre de Familiares que llegó a reunir unas 10.400 muestras representando alrededor de 4.200 grupos familiares, con unos sesenta hospitales de todo el país habilitados para recibirlas.
En paralelo, el equipo sostuvo prospecciones en predios donde funcionaron centros clandestinos —La Perla en Córdoba, el Pozo de Vargas en Tucumán— y extendió su trabajo a casos posteriores a la dictadura: desapariciones en democracia, víctimas de trata y de violencia policial, entre ellas la de Luciano Arruga, que estuvo cinco años enterrado como NN en el cementerio de Chacarita.
Los casos que dieron la vuelta al mundo
La lista es larga y él la relata con una notable falta de solemnidad. En 1995, tras una entrevista del periodista Jon Lee Anderson a un general boliviano retirado, el gobierno de Bolivia se vio obligado a formar una comisión para buscar los restos del Che Guevara en Vallegrande. El primer lugar señalado no dio nada. Un año y medio después llegó el llamado correcto: allí estaba el cuerpo, junto a otras seis o siete personas. La identificación no fue especialmente difícil porque contaban con moldes dentales y con el registro de lesiones sufridas en el Congo; al cadáver le faltaban las manos, pero conservaba la chaqueta.
Su comentario sobre ese hallazgo dice mucho: los personajes famosos no le atraen particularmente, y a sus compañeros tampoco.
En 2011 integró el equipo internacional convocado para establecer la causa de muerte de Salvador Allende, que concluyó que se había suicidado. El caso de Pablo Neruda resultó más complejo y la controversia sobre si los restos muestran envenenamiento o efectos de la medicación oncológica sigue abierta. En febrero de 2026 validó la investigación de la Unidad de Búsqueda de Colombia que permitió hallar los restos del sacerdote Camilo Torres, un trabajo que calificó de impecable.
Lo que sí le quedó grabado
Preguntado por las exhumaciones que lo marcaron, no eligió ninguna de las célebres. Mencionó dos.
La primera fue en 1992, en El Mozote, El Salvador, donde el ejército había matado durante diez días a mil personas en 1981, en su mayoría mujeres y niños. Le tocó abrir una fosa con 152 cuerpos de chicos en un espacio de cinco por siete metros. Lo que recuerda son los juguetes y los chupetes.
La segunda fue su primera vez en Bosnia, en una fosa con doscientos cincuenta cuerpos todavía vestidos. Lo que se le grabó fueron los zapatos.
Con los años, dice, llora más que antes. Se emociona con dos cosas: con Maradona y con las entregas de restos a las familias.
Una manera de hablar con la gente
Hay una posición ética que atraviesa toda su trayectoria y que él formula sin rodeos: a los familiares hay que decirles la verdad, aunque sea dura. No prometer lo que no se puede cumplir, no decirles lo que quieren escuchar, no tratarlos como niños. La información, sostiene, no es del equipo forense sino de ellos.
Tampoco le gusta la palabra víctima. Prefiere hablar de personas, porque el que está enfrente es alguien con proyectos, sueños y trabajo, y que le haya pasado algo terrible es un detalle de su biografía, no su identidad completa.
De ahí sale también su definición más cruda del oficio: ellos no devuelven vida, devuelven muertos. Lo que aporta la identificación es mitigar la angustia y darle a la familia un lugar donde llevar una flor. Y algo más amplio, que él describe como una reinserción: la desaparición hace que una persona aparentemente deje de existir, y al identificarla vuelve a la sociedad, a sus familiares, a su comunidad.
Las cosas que dice cuando no está midiendo huesos
Fondebrider no se limita al informe pericial. En septiembre de 2020, con la pandemia en marcha, criticó públicamente el manejo argentino de la gestión de cadáveres después de que la provincia de Buenos Aires sumara de golpe más de 3.500 fallecidos a las estadísticas. Su argumento fue que contar a los muertos no debería ser tan difícil, que no era un problema de dinero sino de eficiencia, y que se trataba de una falla endémica del país, rastreable desde el manejo del cadáver de Eva Perón hasta los muertos de Malvinas, las inundaciones de La Plata y el atentado a la AMIA. Habían advertido del problema en reuniones con Nación, provincia y municipios desde mayo.
Sobre los procesos de búsqueda en el mundo mantiene un diagnóstico igual de directo. Que sin voluntad política sostenida no se hace nada, y que esa voluntad la empuja la sociedad civil. Que solo catorce países tienen proyectos de búsqueda a largo plazo. Que los desaparecidos no votan, y eso pesa en las decisiones presupuestarias. Y que separar la búsqueda de la justicia para los responsables es un error, porque la impunidad garantiza la repetición: si desaparecer a quinientas personas no tiene consecuencias, nada impide volver a hacerlo.
Ginebra, España y una condecoración
En 2021 dejó el EAAF y el Comité Internacional de la Cruz Roja le ofreció dirigir su unidad forense en Ginebra, con ciento veinte profesionales repartidos por el mundo. Estuvo dos años en ese cargo y renunció en diciembre de 2022. Desde entonces trabaja como consultor independiente con base en España.
El 26 de enero de 2026, por decreto presidencial, Francia lo nombró Chevalier en la Orden Nacional de la Legión de Honor, la distinción creada por Napoleón en 1802. La carta del embajador Romain Nadal destacó su aporte a la documentación de violaciones a los derechos humanos y a la identificación de personas desaparecidas, y mencionó dos casos de particular resonancia para ese país: las identificaciones de Léonie Duquet, en 2005, y de Yves Domergue, en 2010.
Su lectura del premio fue característicamente descentrada. Dijo que cada identificación y cada fosa son un granito de arena dentro de un proceso colectivo de cuarenta años, y que el aporte del equipo es importante pero no definitivo: se suma a testimonios de sobrevivientes, documentos y otras pruebas que los jueces evalúan.
Cómo se sostiene una vocación así
Le preguntaron cómo mantuvo la sensibilidad después de cuarenta y un años. Respondió dos cosas. Primero, trabajar siempre en equipo, con gente en la que confía. Segundo, hacer cosas fuera del trabajo: leer, escuchar música, ir al cine, ver amigos, hacer deporte. Termina la jornada y se desconecta, porque más tiempo no significa más calidad. En un país que él mismo describe como totalmente psicoanalizado, nunca fue a terapia.
Y hay un motivo de fondo que repite cuando explica por qué eligió este camino: fue a la universidad pública, la sociedad invirtió dinero en formarlo, y este trabajo es su manera de devolverlo.
Su balance, después de todo, es modesto y preciso. Dice que devolvió historia, que trabaja en la microhistoria, que al final del día es la historia de un pueblo. Que hizo una contribución muy pequeña en una tarea colectiva. Y que fracasó muchas veces.
Lo que lo sostiene, cuenta, es la fuerza de los familiares. Recuerda su primer viaje a Colombia, en 1991, cuando unas señoras de una asociación de familiares lo llevaron en micro a Zipaquirá cantando y riéndose. Se preguntó cómo era posible que estuvieran así después de lo que les había pasado. Esa pregunta todavía le da esperanza.
