Martha Argerich 

Martha Argerich construyó una de las carreras más importantes de la música clásica internacional y encontró en la música compartida una forma de sostener su vínculo con el piano durante ocho décadas.

Martha Argerich tenía tres años cuando repitió de oído, en el jardín de infantes, una melodía que acababa de escuchar. A los cuatro dio su primer recital público. A los siete tocó Mozart con orquesta. A los dieciséis ganó dos de los concursos más duros de Europa con tres semanas de diferencia. Y a los veintitrés, con todo el mundo esperando su próximo concierto, se encerró en un departamento de Nueva York y dejó de tocar. Esa contradicción —el don enorme y el peso de cargarlo— es la clave para entender su historia. Ochenta años después de aquel primer escenario, la pianista argentina sigue tocando, pero lo hace bajo condiciones que ella misma se fijó: casi nunca sola, casi nunca por obligación, casi siempre rodeada de otros músicos. Esta es la historia de una pasión que sobrevivió porque supo cambiar de forma.

Cuatro años y un escenario

Hay vocaciones que se descubren y otras que aparecen antes de que uno pueda elegirlas. Lo de Martha Argerich pertenece al segundo grupo. En 1945, con cuatro años, dio su primer recital público en el Teatro Astral de Buenos Aires. A los siete volvió a ese mismo escenario para tocar el Concierto para piano n.º 20 en re menor de Mozart, una obra que muchos pianistas encaran recién en la adultez.

Su formación quedó en manos de Vicente Scaramuzza, el maestro italiano radicado en Buenos Aires que también formó a Bruno Gelber y que construyó una escuela pianística argentina reconocida en todo el mundo. Ahí, en esos años de trabajo diario, se armó la base técnica que después le permitiría hacer prácticamente cualquier cosa con el teclado.

Una audiencia presidencial y un pasaje a Viena

El episodio que le abrió Europa tiene algo de anécdota nacional. A los doce años, después de haber tocado en el Teatro Colón, fue recibida por Juan Domingo Perón en la residencia presidencial. Cuando el presidente le preguntó adónde quería ir a estudiar, ella no dudó: Viena, para trabajar con Friedrich Gulda. Perón resolvió el asunto con un nombramiento diplomático para su padre como agregado económico en la capital austríaca y un puesto para su madre en la embajada.

La familia se mudó en 1954 y Argerich pasó dieciocho meses estudiando con Gulda, al que siempre señaló como su maestro más influyente. Después vinieron Ginebra, Nikita Magaloff, Madeleine Lipatti, Stefan Askenase, María Curcio y, en 1960, Arturo Benedetti Michelangeli. Desde entonces vive en Europa.

El talento como problema

Lo que suele contarse menos es que esa facilidad extraordinaria le pesó. En 1957, con dieciséis años, ganó dos de los concursos más exigentes del circuito —el Busoni de Bolzano y el de Ginebra— con apenas tres semanas de diferencia. La carrera se le abrió de golpe.

Y poco después se rompió. A comienzos de los sesenta, instalada en Nueva York, atravesó un matrimonio brevísimo, el nacimiento de su hija mayor y una crisis personal que la dejó fuera del piano durante alrededor de dos años. Sufría miedo escénico y la vida del solista la asfixiaba. Como hablaba varios idiomas, llegó a planear en serio dedicarse a ser secretaria; con la técnica que tenía, decía, iba a ser una mecanógrafa excelente.

Fue su madre quien insistió para que visitara a Stefan Askenase, profesor del Conservatorio de Bruselas. Él y su esposa la devolvieron al equilibrio y la empujaron a presentarse en Varsovia. En 1965 ganó el primer premio del Concurso Internacional Frédéric Chopin, y ese sí fue el punto de no retorno: desde ahí, las mejores orquestas y las salas más importantes del mundo empezaron a disputarse su calendario.

La lección que deja ese paréntesis es incómoda y valiosa: una pasión genuina no siempre se lleva bien con la obligación de rendir. Argerich tuvo que reencontrarse con el piano por fuera del mandato de ser un fenómeno.

Tocar acompañada

Hay una decisión que define su carrera más que cualquier premio. En varias entrevistas contó que se siente sola en el escenario durante el recital solista, y a partir de 1980 prácticamente dejó de hacerlos. Eligió los conciertos con orquesta, la música de cámara, las sonatas junto a otros instrumentistas y los dúos de piano.

Ese giro no es un repliegue: es la forma que encontró de sostener el placer. Sus grabaciones con Mischa Maisky, Gidon Kremer, Mijaíl Pletniov o Stephen Kovacevich, y sobre todo el vínculo de toda una vida con el pianista brasileño Nelson Freire, muestran a una intérprete que necesita a alguien enfrente para encender la conversación musical.

La misma lógica explica lo que construyó después. En 2002 fundó el Proyecto Martha Argerich en Lugano, y en Buenos Aires lleva su nombre un festival y un concurso internacional de piano en el Teatro Colón, donde suele presidir el jurado. Son estructuras diseñadas para juntar músicos, no para exhibir a una figura.

La vida sin libreto

Su biografía personal siguió el mismo criterio de libertad. Tiene tres hijas de tres padres distintos: Lyda Chen, violista, hija del director sino-suizo Chen Liang Sheng; Annie, hija del director Charles Dutoit; y Stéphanie, hija del pianista Stephen Kovacevich, que filmó sobre su madre el documental Bloody Daughter. Crió a las tres mientras giraba por el mundo, sin separar la casa del oficio.

También atravesó una enfermedad grave. En 1990 le diagnosticaron un melanoma maligno; el tratamiento funcionó, pero en 1995 el cáncer reapareció y alcanzó pulmones y ganglios. Se sometió a una terapia agresiva en el John Wayne Cancer Institute de Santa Mónica, que incluyó la extirpación de parte de un pulmón y una vacuna experimental. Volvió a los escenarios y, en agradecimiento, dio un recital en el Carnegie Hall a beneficio del instituto. Nunca convirtió el episodio en relato público: simplemente siguió tocando.

Su relación con el origen se mantuvo intermitente pero viva. Descendiente por vía paterna de catalanes llegados al Río de la Plata en el siglo XVIII y, por la materna, de una familia judía ucraniana instalada en la colonia de Villa Clara, en Entre Ríos, recibió en 2015 el Premio Barón Hirsch de la Fundación Judaica y el Museo Judío de Buenos Aires. En esa ceremonia recordó a su madre, Juana Heller, y dijo que ella tuvo que ver con todo lo que es.

Lo que enseña una pasión sostenida ochenta años

A los 85 años sigue tocando, sigue armando festivales y sigue rodeándose de músicos más jóvenes. Su carrera acumuló tres premios Grammy, el Praemium Imperiale japonés, los Kennedy Center Honors entregados por Barack Obama, la Orden al Mérito italiana y la Legión de Honor francesa, entre otras distinciones. En Argentina, la Fundación Konex la distinguió como mejor pianista de la historia del país.

Nada de eso explica por qué sigue. Lo que la sostiene es más simple y más difícil de imitar: encontró la manera de que tocar el piano siga siendo un placer y no una obligación, incluso cuando el mundo entero esperaba de ella exactamente lo contrario.