Elangeni Ana Gilbert

La investigadora del INTEC (CONICET-UNL) fue premiada en la categoría junior por su proyecto de reciclado químico de plásticos. Foto: CONICET.

Constanza Ceruti es la primera mujer arqueóloga de alta montaña de la historia. Codirigió la expedición que en 1999 halló a los Niños del Llullaillaco a 6.739 metros, escribió más de veinticinco libros y ayudó a fundar disciplinas que antes no existían. También cargó con dos décadas de omisiones en su propio país. Este es el recorrido de una pasión que empezó a los catorce años en las sierras de Córdoba y todavía no encontró su techo.

Hay científicos que eligen un tema y otros que son elegidos por un problema. Elangeni Ana Gilbert pertenece al segundo grupo. Apenas ingresó a la carrera de investigadora del CONICET, orientó su trabajo hacia la contaminación plástica, y desde entonces no se movió de ahí. Su laboratorio está en el INTEC, en Santa Fe, un instituto que comparten el CONICET y la Universidad Nacional del Litoral, y su obsesión tiene una formulación bastante concreta: dejar de tratar los desechos como algo que hay que enterrar y empezar a tratarlos como algo que hay que abrir.

Antes del plástico hubo otras búsquedas

La línea que hoy la define no apareció de golpe. Antes de dedicarse al reciclado, Gilbert trabajó en polibenzoxazinas, una familia de materiales termoestables con muy buen desempeño térmico, físico y químico. También se ocupó de un problema que suele pasar inadvertido: los desinfectantes de amonio cuaternario, eficaces contra virus, bacterias y hongos, pero pesados para el ambiente una vez que cumplen su función.

La solución que ensayó ahí anticipa su forma de pensar. En lugar de buscar un producto más potente, diseñó la molécula para que supiera desarmarse: le incorporó un grupo carbonato que, después del uso, permite que el surfactante se degrade en colina —un nutriente esencial— y en un alcohol natural. Ambos biodegradables. La idea de fondo, que un material contenga desde el inicio las instrucciones de su propia disolución limpia, terminó siendo el hilo que la llevó hasta donde está hoy.

El adversario elegido: el policarbonato de bisfenol A

Su objetivo actual es un plástico duro y omnipresente: el policarbonato de bisfenol A, presente en bidones de agua, chapas translúcidas y discos compactos. El material tiene una trampa. Cuando se degrada en condiciones naturales, no solo genera microplásticos: libera bisfenol A, un disruptor endócrino cuya estructura se parece bastante a la de los estrógenos, con capacidad de interferir en el equilibrio hormonal.

Gilbert suele plantear el problema en escala geológica. El carbono que la Tierra tardó millones de años en sepultar bajo la forma de petróleo fue extraído y puesto a circular en pocas décadas, en casi todos los objetos de la vida diaria. Algo tenía que pasar. Y pasó.

Por qué el reciclado que conocemos no alcanza

El reciclado mecánico, el más difundido, consiste en cortar, fundir y volver a moldear. Funciona, pero tiene un techo: en cada vuelta el material pierde propiedades, hasta que ya no sirve para nada exigente.

El camino que eligió el equipo del INTEC es otro. Se llama despolimerización y consiste en romper químicamente la macromolécula para recuperar las piezas pequeñas que la formaban. Gilbert lo explica con una comparación doméstica que se volvió su marca registrada en entrevistas: es como partir de la torta y volver a obtener la harina, el azúcar y el huevo. Con resonancia magnética nuclear verifican que lo obtenido sea químicamente puro, no una aproximación.

Suprarreciclaje: el residuo que sale valiendo más de lo que entró

Acá aparece el concepto que ordena todo su proyecto. En vez de usar solventes agresivos, el grupo emplea alcoholes provenientes de la biomasa —metanol, propilenglicol, glicerol, eritritol, xilitol, catecol— como agentes despolimerizantes. El resultado son carbonatos lineales o cíclicos que valen más que el plástico del que salieron.

Ese salto de nivel es lo que en inglés se llama upcycling y en castellano suprarreciclaje. Los compuestos obtenidos sirven como solventes verdes, como precursores para las industrias química, farmacéutica, veterinaria y agroquímica, como insumos cosméticos, y también como monómeros para fabricar nuevos materiales: policarbonatos libres de bisfenol A, poliuretanos sin isocianatos, polihidroxiuretanos, resinas epoxi. De paso, el bisfenol A se recupera en condiciones controladas en lugar de filtrarse a un basural.

El catalizador que volvió viable lo que era caro

Los métodos de reciclado químico disponibles en el mercado venían con una factura difícil de justificar: altas temperaturas y presiones, tiempos largos de reacción, atmósferas inertes, microondas, catalizadores costosos o de preparación complicada.

El aporte del equipo santafesino apunta justo a ese punto débil. Desarrollaron un catalizador orgánico accesible y no contaminante que logra conversión total a temperaturas medias y baja presión, en tiempos cortos. La consecuencia no es solo química, es económica: baja inversión inicial, poco consumo energético, materias primas baratas y un proceso que no complejiza las plantas de reciclado existentes. También habilita un reciclado secuencial selectivo, que es el modo de esquivar el viejo dolor de cabeza de la incompatibilidad entre plásticos mezclados.

Gilbert insiste en un criterio de diseño que repite como método: siempre buscar la menor energía posible y el menor tiempo posible. Esa disciplina es la que separa un paper interesante de una tecnología transferible.

La noche en la Embajada de Francia

El 1 de octubre de 2025, el CONICET, el Institut Français d’Argentine y la empresa TotalEnergies entregaron la Distinción Franco-Argentina en Innovación 2025. Se habían presentado 48 proyectos a escala piloto y prototipo, evaluados por un jurado con especialistas externos, entre ellos del Instituto Petroquímico Argentino. Gilbert ganó la categoría junior con “Reciclado químico de plásticos”. La categoría senior fue para Carla di Luca, del INTEMA (CONICET–UNMdP), por un dispositivo híbrido para remover micro y nanoplásticos del agua potable.

La noticia le llegó por teléfono, en una llamada del presidente del CONICET. Al recibir el premio agradeció a las instituciones organizadoras, al INTEC, a la provincia de Santa Fe y a su grupo, y dejó una frase que dice mucho sobre el clima en el que trabaja la ciencia argentina: el reconocimiento les daba fuerza para seguir en tiempos difíciles.

La repercusión no se quedó en el país. Recibió consultas desde Estados Unidos, Arabia Saudita y España, y su trabajo fue reseñado en enero de 2026 por el diario español La Vanguardia.

El obstáculo no está en el laboratorio

Hay un detalle que ordena su discurso público y que explica por qué habla tanto de ciudadanía como de catálisis. La tecnología funciona; lo que falla es conseguir el residuo. En Argentina no existe un circuito de recuperación de policarbonato, no porque el material no circule, sino porque nadie lo separa. Para investigar, el equipo tuvo que aceptar donaciones: cuando Gilbert intentó comprar policarbonato virgen, le pidieron hasta cien mil pesos por cuatro kilos.

De ahí que su pedido a la gente común sea deliberadamente modesto. Separar los plásticos del resto ya es suficiente. Si el material no se recupera, ningún método puede tratarlo y la oportunidad de valorizarlo se pierde bajo tierra.

Un trabajo que no se firma sola

El proyecto avanza dentro del Grupo de Polímeros del INTEC, con un equipo que cruza especialidades: Luisina Bressán, Santiago Vaillard, Diana Estenoz y Laureana Soria acompañan la línea, combinando conocimiento en polímeros y en química orgánica. Gilbert remarca que el logro es colectivo cada vez que le ponen un micrófono adelante. En febrero de 2026, junto a Soria, participó de una nota por el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, hablando de por qué eligen investigar con un propósito declarado.

El financiamiento llega de la Agencia Santafesina de Ciencia, Tecnología e Innovación y de la Universidad Nacional del Litoral.

Lo que viene

El proyecto todavía está en escala de laboratorio y el objetivo inmediato es demostrar que funciona en volúmenes mayores. Después, ampliar el repertorio: PET, PLA y poliamidas están en la lista. La apuesta de fondo es que empresas y cooperativas puedan adoptar el método sin grandes inversiones, generando empleo local y sacando toneladas de plástico del camino a los rellenos sanitarios.

Cuando le preguntan qué la mueve, Gilbert responde con una imagen que resume su manera de pararse frente a un contenedor de residuos: ver la basura como si fuera una mina de productos. No es una metáfora publicitaria. Es, literalmente, la descripción técnica de lo que hace todos los días en Santa Fe.