Leandro Ciappina

Marplatense, con formación en negocios y sin bata de laboratorio. Se asoció con dos científicas rosarinas, se obsesionó con un problema que no era el suyo y terminó fabricando desde la Argentina un kit que hoy usan Stanford, la Universidad de Nueva York y Saint Jude. Esta es la historia de esa obstinación.
Un problema ajeno que se volvió propio
Ciappina no es biólogo. Viene del mundo de los negocios y tiene un MBA del IAE. Cuando cuenta su historia, arranca aclarando que no se considera un genio: se define como un pibe del Instituto Carlos Tejedor que se enganchó con un problema y le puso garra. Esa autodescripción explica bastante del personaje. Lo suyo no fue el hallazgo científico, fue la insistencia de ver que una investigación universitaria podía convertirse en un producto y no soltar la idea.
El punto de partida fue 2020. Ciappina se asoció con dos investigadoras rosarinas, Elizabeth Tapia y Pilar Bulacio, para llevar afuera del ámbito académico un desarrollo nacido en la universidad. Él aportó el ojo comercial; ellas, la matemática y la biología molecular. El trío sigue siendo el núcleo de ArgenTag: Tapia como directora científica, Bulacio como directora de tecnología, Ciappina como CEO.
Qué hace ArgenTag, explicado sin diccionario
La idea es más simple de lo que suena. Para estudiar lo que pasa dentro de un tejido, los científicos necesitan leer el material genético célula por célula, porque cada una puede estar haciendo algo distinto. El problema es que procesarlas de a una es carísimo, y procesarlas todas juntas hace que se pierda el rastro de cuál era cuál.
La solución de ArgenTag es ponerle a cada célula una especie de código de barras molecular. Así se pueden analizar todas en simultáneo sin que se mezcle la identidad de ninguna. Ciappina lo compara con dejar de mirar los créditos de una película para pasar a ver las escenas completas. Y ofrece un dato que ayuda a dimensionar la escala del asunto: el ADN de una sola célula, estirado, mide unos dos metros; el de todas las células de un cuerpo daría la vuelta al mundo.
Lo llamativo del desarrollo es de dónde viene la ventaja técnica. No salió de probar mil combinaciones hasta que una funcionó, sino de aplicar modelos matemáticos y códigos correctores de errores —la misma familia de herramientas que usan las telecomunicaciones para que un mensaje llegue intacto por un canal ruidoso— a la preservación de información biológica. El producto final es un kit que el científico usa con el equipamiento que ya tiene.
Del COVID a las células individuales
El camino no fue en línea recta. Empezaron probando la tecnología con muestras de COVID, después pasaron a metagenómica y recién más adelante se enfocaron en la lectura de células individuales, con aplicaciones en oncología, neurociencia e inmunología. Ese zigzag es habitual en las startups científicas y suele ser lo que las hunde: cada pivote consume plata y paciencia.
Hoy ArgenTag trabaja con instituciones como Stanford, la Universidad de Nueva York, Saint Jude, el Hospital Mount Sinai y centros genómicos europeos, y está en etapa de adopción temprana con laboratorios que usan secuenciación de lectura larga. El equipo es de alrededor de doce personas, en su mayoría científicas formadas en el sistema público argentino. La empresa tiene domicilio corporativo en Nueva York, pero el desarrollo se hace acá.
Cinco intentos hasta que entró
La parte menos glamorosa de la historia es también la más reveladora. Ciappina aplicó cinco veces a una aceleradora antes de quedar seleccionado. Esa terquedad es, probablemente, su principal activo profesional.
Los resultados llegaron después. El proyecto fue elegido por el MIT y recibió inversión del fondo Draper, con aceleración de Draper Cygnus. Sobre eso, Ciappina habla de presión positiva: cuando alguien como Tim Draper apuesta por vos, ya no podés aflojar. En 2022, MIT Technology Review lo incluyó entre los 35 innovadores menores de 35 de América Latina, en la categoría de biotecnología y medicina, por democratizar una técnica que hasta entonces estaba limitada por su precio.
En 2025 el reconocimiento se aceleró. El 2 de julio recibió el Premio a la Innovación de la Red INTECMAR en la categoría Empresarios, en un evento en el Espacio Chauvin de Mar del Plata. En junio ArgenTag había sido seleccionada para el acelerador BioTools Innovator: 31 empresas elegidas entre más de 400 postulantes de 43 países, es decir el 7% de los aspirantes. En noviembre el equipo estuvo en el Cold Spring Harbor Laboratory, donde Sofía Lavista Llanos presentó resultados comparativos del kit ante la comunidad de single cell. Y el año cerró con el logo de la empresa en la pantalla del Nasdaq en Times Square.
Datos con propósito
Hay una segunda capa en lo que hace ArgenTag, y Ciappina la señala cada vez que puede. La inteligencia artificial aplicada a salud necesita datos biológicos de calidad, y la secuenciación célula por célula genera terabytes de información de altísima resolución. Su argumento es que no se trata de producir datos por producirlos, sino de generar los que sirven para mejorar diagnósticos, entender enfermedades complejas y abrir líneas de investigación nuevas.
Ahí es donde el proyecto deja de ser un emprendimiento local y pasa a jugar en una conversación global. Detectar células malignas que un análisis genómico general dejaría pasar cambia la forma de entender un tumor y de seguirlo en el tiempo.
Mardel Valley: la otra obsesión
Antes de que ArgenTag fuera noticia internacional, Ciappina ya venía construyendo algo en su ciudad. Junto a su primo Federico Ciappina creó Mardel Valley, un evento de tecnología y emprendedurismo que nació después de que ambos conocieran Silicon Valley y se preguntaran por qué no algo parecido en Mar del Plata. La séptima edición, en 2023, se hizo en el Estadio Polideportivo Islas Malvinas y reunió cerca de veinte mil personas durante dos jornadas de gaming, robótica, domótica, inteligencia artificial y realidad virtual.
Ese proyecto y ArgenTag comparten la misma premisa, que es la que mejor define a Ciappina: la convicción de que no hace falta mudarse a California para empujar la frontera del conocimiento. Se puede levantar capital desde Mar del Plata, hacer ciencia con tonada rosarina y competir de igual a igual en el ecosistema global de la genómica.
Lo que sostiene todo
Cuando le preguntan qué permitió avanzar, no habla de una idea brillante. Habla de rodearse de perfiles distintos —ingeniería, biología molecular, análisis de datos, negocios— y de no bajar los brazos. Es una receta poco espectacular y por eso mismo verosímil.
Lo que empuja a este emprendedor no es la genética en abstracto: es la posibilidad concreta de que un diagnóstico llegue antes. Cada célula etiquetada es información que hasta hace poco se perdía. Y en esa información hay tratamientos que todavía no existen.
