Paloma Herrera  

Paloma Herrera llegó al American Ballet Theatre a los quince años y, a los diecinueve, se convirtió en la primera bailarina más joven de la historia de la compañía.

Hay chicos que descubren algo que les gusta y hay chicos que descubren algo sin lo cual no saben estar. Paloma Herrera pertenece al segundo grupo. Empezó a bailar a los siete años y desde el primer día entendió que ese era su lugar: lo llamó su burbuja, y también su religión. Odiaba las vacaciones porque la alejaban de la clase, y se llevaba las zapatillas de punta a la playa para no perder días de entrenamiento. Esa intensidad, que en otra persona podría haber sido una obsesión destructiva, en ella funcionó como brújula: la llevó a Nueva York a los quince años, la convirtió en la primera bailarina más joven de la historia del American Ballet Theatre a los diecinueve y la sostuvo durante veinticuatro temporadas. También le dio, a los cuarenta, la claridad para irse cuando sintió que ya había dado todo.

Una vocación que no admitía días libres

En 1983, sus padres la llevaron a estudiar con Olga Ferri, una de las grandes figuras del ballet argentino y una maestra que formó generaciones enteras. Ese primer contacto le reordenó la vida. Paloma contó después que siempre había creído que todo el mundo nacía sabiendo qué quería hacer, y que recién de grande entendió que no era así.

Su relación con la disciplina no venía impuesta desde afuera. Llegaba primera a clase, no faltaba nunca y detestaba cualquier interrupción del entrenamiento. En 1985, con nueve años, ganó el Primer Premio del Concurso de Ballet Latinoamericano en Lima. Al año siguiente deslumbró a un jurado en el Teatro de la Ribera compitiendo contra bailarines profesionales. A los catorce fue finalista del prestigioso Concurso Internacional de Varna, en Bulgaria.

De Buenos Aires a Nueva York, sin escalas

Egresó del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón con las mejores calificaciones y empezó a recibir invitaciones de figuras internacionales. Natalia Makarova la llamó para trabajar en Londres, con el English National Ballet; poco después llegó a la School of American Ballet de Nueva York, donde la ubicaron directamente en el curso más avanzado y la eligieron para el rol principal de Raymonda en la función anual de la escuela.

En 1991, con quince años, entró al cuerpo de baile del American Ballet Theatre. Su familia se mudó con ella. En 1993 pasó a solista y en 1995, a los diecinueve, fue promovida a Primera Bailarina: nadie había llegado tan joven a ese rango en la historia de la compañía. Bailó en el Metropolitan Opera House todos los papeles importantes del repertorio y fue musa de coreógrafos como Twyla Tharp, Nacho Duato, James Kudelka y Jirí Kylián.

Como figura invitada pasó por el New York City Ballet, el Kirov, el Bolshoi, La Scala de Milán y el Ballet Nacional de Cuba. En Buenos Aires compartió escenario con Julio Bocca, Maximiliano Guerra y José Carreño.

La perfección como combustible, no como castigo

Hay una idea suya que explica cómo sobrevivió tantos años a un oficio que suele romper a quienes lo practican. La perfección, dice, no existe; ella la usó como aspiración y no como vara para castigarse, como la certeza de que siempre queda algo más por hacer.

Ese mismo criterio aparece en su forma de enseñar. Cuando habla de las clases magistrales que da por el país insiste en que un buen bailarín no se hace solo con técnica: también con la manera en que se cuida el cuerpo y con el vínculo que se construye con el trabajo. Nunca creyó, dice, en la enseñanza dura.

Irse a tiempo

En 2015, con cuarenta años, se retiró de los escenarios. La temporada de primavera del ABT fue la última; se despidió junto a Julie Kent y Xiomara Reyes, otras dos primeras bailarinas de la compañía. Después de veinticinco años viviendo en Nueva York, volvió a la Argentina.

Retirarse en plena forma es una decisión poco frecuente y dice bastante sobre cómo entiende su vocación: no como una carrera que hay que estirar, sino como algo que se honra mientras se le puede dar todo.

En 2017 volvió al Teatro Colón, esta vez como directora del Ballet Estable, en reemplazo de Maximiliano Guerra. Estuvo cinco años al frente del cuerpo, incluidos los meses imposibles de la pandemia, y renunció en 2022 en medio de tensiones con parte del elenco y de reclamos de respaldo a las autoridades de la ciudad. Fue el capítulo más áspero de su recorrido, y quizá el que muestra que la exigencia que le funcionó consigo misma no siempre se traduce igual cuando hay que conducir a otros.

Lo que quedó del otro lado

A los 50 años vive en la Argentina, más cerca de sus padres, y reparte su tiempo entre los seminarios de ballet y su línea de fragancias. En 2012 su figura fue incorporada a la Galería de Ídolos Populares de la Casa Rosada, junto a la de Julio Bocca. Dance Magazine la votó entre los diez bailarines del siglo y fue tapa del suplemento dominical de The New York Times.

Sobre su propio nombre escribió algo que funciona como síntesis de todo lo demás: siempre se sintió identificada con él, aunque no por la comparación obvia entre el vuelo de una paloma y el de una bailarina, sino por la libertad. La libertad de poder volar en todos los sentidos.

Es una definición generosa de lo que suele llamarse disciplina. Durante décadas, Paloma Herrera hizo lo que muchos leen como sacrificio —no faltar nunca, entrenar en vacaciones, mudarse de continente a los quince— y ella lo vivió como lo contrario: el permiso para hacer exactamente lo único que quería hacer.