Rogelio Polesello

Rogelio Polesello: el artista que hizo trabajar al ojo
Rogelio Polesello convirtió la luz, el color y el acrílico en herramientas para transformar la percepción y se convirtió en una figura central del arte óptico latinoamericano.

Rogelio Polesello empezó a trabajar en una agencia de publicidad a los quince años y se recibió de profesor de Bellas Artes a los diecinueve. A esa edad ya había encontrado la obsesión que lo acompañaría medio siglo: descubrir qué pasa cuando la luz atraviesa una superficie y deforma lo que hay detrás. Esa curiosidad lo llevó del lienzo al acrílico tallado, del cuadro al espacio público, y lo convirtió en el gran referente del arte óptico en América Latina. Sus obras están en el MoMA, en el Guggenheim y en museos de media docena de países. Más de una década después de su muerte, las muestras dedicadas a su trabajo siguen convocando multitudes.

Un chico apurado

Polesello nació en Buenos Aires en 1939. A los quince años ya trabajaba en una agencia de publicidad, un dato que explica mucho de su obra posterior: nunca vio una frontera entre el arte y el diseño, ni entre la pintura y la industria.

Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y se graduó en 1958 en la Prilidiano Pueyrredón como profesor de Grabado, Dibujo y Pintura. En esos años descubrió la obra de Paul Klee, que lo marcó de manera decisiva. La otra influencia venía de casa: su padre era constructor de edificios, y de él heredó la costumbre de incorporar materiales poco habituales a su trabajo.

Ese mismo 1958 expuso por primera vez, junto a su amigo Luis Wells, en la galería Galatea. Un año después llegó su primera muestra individual, en la galería Peuser, donde ya se notaba su admiración por Victor Vasarely, el padre del op art.

La pintura que se mueve sin moverse

Su pregunta de fondo fue siempre la misma: cómo lograr movimiento en algo estático. Para eso trabajó con oscilaciones entre figura y fondo, desfases de formas geométricas que generan sensación de inestabilidad y un uso audaz del color.

La curadora Mercedes Casanegra destacó que Polesello se insertó en la abstracción geométrica y óptica argentina de un modo autónomo y original, ampliando libremente esas categorías, con combinaciones de orden y aleatoriedad que lo distinguieron durante toda su producción.

El resultado son obras que funcionan como trampas para el ojo. Imágenes que multiplican lo que miran, como calidoscopios, y que obligan al espectador a moverse para terminar de verlas.

El material que le cambió la vida

El hallazgo decisivo llegó en 1966, cuando la empresa Acrílicos Lubas convocó a artistas para la muestra Plástica por Plásticos. Ahí Polesello se encontró con el polimetacrilato, el acrílico, y no lo soltó nunca más.

Con ese material talló piezas capaces de descomponer la imagen que tenían detrás. La pintura dejó de estar colgada en la pared y pasó a invadir el espacio, transformando la manera de mirar el arte, no solo en su obra sino en toda la escena argentina de entonces.

Detrás de ese salto había un trabajo obsesivo. Polesello realizó una cantidad enorme de bocetos sobre papel, con estudios exhaustivos de perspectivas, estructuras de formas y colores, combinados una y otra vez. Su método fue siempre de prueba y error.

Del museo al auto de carrera

Pocos artistas argentinos cruzaron tantas disciplinas. Polesello hizo pintura, grabado, escultura, mural y objetos, pero también diseño publicitario, arquitectura, diseño ambiental y hasta body painting. Su mirada atravesaba la decoración, la moda y el cine sin pedir permiso.

Dos encargos muestran hasta dónde llegaba esa amplitud. En 1988, el automovilista Guillermo Maldonado le pidió que decorara su Volkswagen 1500 de carreras para competir en el Turismo Competición 2000. Y entre 2001 y 2002 desarrolló Eclipse, una obra para el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. En 2010 se inauguró su monumento a los héroes de la Vuelta de Obligado, en el sitio mismo de la batalla.

Una vida de premios

La lista de reconocimientos acompaña su recorrido. Ganó el primer premio del Salón Esso de Artistas Plásticos de Latinoamérica en 1965, el George Braque en 1968, el Gran Premio de Honor del Salón Nacional en 1988, el Gran Premio de Honor del Fondo Nacional de las Artes en 2003 y el Premio Trabucco de la Academia Nacional de Bellas Artes en 2006. Recibió además dos Premios Konex, en 1982 por objetos y en 2012 por pintura.

Expuso en la Unión Panamericana de Washington, en la Bienal de París, en la de San Pablo, en el Instituto Di Tella, en museos de Caracas, Bogotá, México y Nueva York. Su obra integra colecciones del MoMA, el Guggenheim, el Malba y el Museo Nacional de Bellas Artes, entre muchas otras.

En su última etapa hizo el camino inverso al de sus años más coloridos: vació el cuadro, se acercó al minimalismo y usó cada vez más el blanco y negro.

Lo que quedó después

Polesello murió el 6 de julio de 2014, veinte días antes de cumplir 75 años. Su obra no se quedó quieta.

En 2015, el Malba le dedicó Polesello joven 1958-1974, una antológica de 120 piezas curada por Mercedes Casanegra, acompañada por un catálogo de 400 páginas. En julio de 2025, el Centro Cultural Borges inauguró Más aquí. Polesello 1970-2000, con más de 150 obras de tres décadas clave, curada por Santiago Villanueva, que combinó piezas de la colección de Naná Gallardo, su compañera durante veinte años, con material de archivo del propio artista y obras de colecciones privadas. El catálogo se presentó en noviembre de ese año.

Villanueva lo definió como un artista neobarroco conceptual, alguien que venía de la tradición y la mezclaba con todo. Gallardo, que custodia buena parte de su legado, lo resume de manera más breve: para ella es el maestro, el único.

Mirar de otro modo

El título de aquella muestra del Borges viene de un concepto de la crítica Marta Traba: un arte que no se limite a ser contemplado, sino que busque un espectador que también produzca algo.

Esa es, quizás, la mejor definición de lo que Polesello persiguió durante cincuenta años. No quería que su obra fuera observada en silencio, sino que hiciera trabajar al ojo de quien la mira. Cada acrílico tallado es una invitación a moverse, a cambiar de ángulo, a descubrir que lo que se veía hace un segundo ya no está. Ese juego, que empezó en una agencia de publicidad cuando era un adolescente, le ocupó la vida entera.