Lisandro Aristimuño

Lisandro Aristimuño: una carrera construida desde la independencia
Lisandro Aristimuño desarrolló durante más de veinte años una carrera que combina composición, producción y gestión independiente a través de su propio sello.

Lisandro Aristimuño aprendió a tocar la guitarra solo, sacando temas de los Beatles en una habitación de Viedma. Se escapaba del colegio para cebarle mate al empleado de una disquería y poder escuchar discos gratis. Nadie le enseñó a componer, ni a producir, ni a manejar un sello discográfico y, sin embargo, hace más de veinte años que hace las tres cosas. Su obsesión con el sonido lo convirtió en uno de los artistas más originales de la música argentina: agotó nueve veces el Gran Rex, llenó tres Luna Park, ganó Premios Gardel y Konex, y una canción suya terminó en una película de Francis Ford Coppola. Todo eso desde un sello propio que armó para no depender de nadie.

Una casa donde el arte era comida diaria

Aristimuño nació en Viedma en 1978 y pasó la infancia entre esa ciudad y Luis Beltrán, otro pueblo del valle rionegrino. En su casa el arte no era un adorno: su padre era director de teatro y músico, su madre actriz, y la música, la literatura y la actuación circulaban con la misma naturalidad que la comida.

De ese ambiente y de un paisaje atravesado por el viento del sur salió su identidad sonora. Los periodistas que lo descubrieron en Buenos Aires notaron enseguida esa diferencia: sus canciones traían algo que no sonaba porteño.

Del mate en la disquería al escenario

Se define como melómano y tiene una anécdota que lo prueba: faltaba al colegio para cebarle mate al empleado de una disquería y así pasar la tarde escuchando música que no podía comprar.

Aprendió guitarra sin maestros. A los once años empezó a cantar y tocar, y a los catorce ya integraba bandas de Viedma como Marca Registrada y La Bisogna, haciendo versiones de otros. Cinco años después dejó los grupos y acompañó al músico Fernando Barilá recorriendo la región, mientras, en paralelo, trabajaba en sus propias canciones.

Mudarse en el peor momento

A fines de 2001, con la Argentina en plena crisis, se mudó a Buenos Aires. No fue por una oportunidad laboral ni por un contrato discográfico: se fue siguiendo un amor. En la capital empezó a estudiar para maestro jardinero mientras terminaba de dar forma a su primer disco.

Azules turquesas salió en 2004 por el sello independiente Los Años Luz. La respuesta fue inmediata: quedó entre los cincuenta mejores discos del año, lo nombraron artista revelación en las revistas Rolling Stone e Inrockuptibles y fue finalista de los Premios Gardel. Al año siguiente llegó Ese asunto de la ventana y, en 2007, 39º.

Viento Azul: hacer las cosas a su manera

El movimiento que define su carrera ocurrió en 2009. Para editar Las crónicas del viento, su primer disco doble, fundó su propio sello: Viento Azul Discos. Desde entonces no volvió a depender de una compañía discográfica.

La decisión no era menor. Significaba hacerse cargo de la grabación, la producción, la edición, la distribución y la gestión de sus propios discos, con la libertad, y también el riesgo, que eso implica. Aquel álbum ganó el Premio Gardel al mejor disco de pop rock alternativo.

Su método se volvió una marca registrada: mezcla sonidos electrónicos con instrumentos acústicos, programaciones y arreglos de cuerdas, y cruza el folclore con el pop, el rock y la electrónica sin que se note la costura. Él mismo dice que no se identifica con un género en particular, pero que, a la vez, se siente parte de todos y que no tiene prejuicios al respecto.

Discos como películas

Mundo anfibio (2012) lo llevó a otra escala. Contó con Ricardo Mollo, Hilda Lizarazu y Boom Boom Kid como invitados, fue nominado al Grammy Latino en la categoría de mejor álbum de música alternativa y ganó el Gardel en 2013. Después vinieron Constelaciones (2016) y Criptograma (2020).

En 2023 publicó El rostro de los acantilados, su octavo disco de estudio, con la participación de Pedro Aznar y David Lebón. Son trece canciones inspiradas en las formas que dibujan los acantilados cercanos a Viedma, su ciudad natal. Él lo describe como un disco con un poco de magia, que funciona como un cuento con principio y final, o como una película, y dice que cada vez encuentra más su identidad en sus discos, cada vez más consciente de que es él quien los crea.

El álbum ganó el Premio Gardel a mejor disco de canción de autor. Su presentación llenó el Luna Park el 1 de junio de 2024, un show que dio inicio a una gira nacional y del que salió un registro en vivo, El rostro y la luna. En 2026 continuaba girando con ese material.

Producir a otros, difundir a los que empiezan

Su pasión por el sonido se nota también cuando trabaja para otros. Fue productor artístico de discos de Mariana Baraj, Tomi Lebrero, Liliana Herrero y Fabiana Cantilo, entre otros, y durante cuatro temporadas condujo y produjo el programa radial Ese asunto suena raro en FM La Tribu, dedicado a difundir artistas y músicas independientes.

En la misma línea creó M.S.F.L., sigla de Música Sin Fines de Lucro, un servicio que difunde mensualmente canciones de compositores nuevos sin ningún interés económico. La definición que da del proyecto es de una simpleza desarmante: lo hace por el placer de oír y de ser escuchado.

Reconocimientos sin cambiar de lugar

La lista de distinciones es larga. Varios Premios Gardel, el Konex en 2015 y otra vez en 2025 como autor y compositor, nominaciones al Grammy Latino y el reconocimiento como Ciudadano Ilustre de Río Negro en 2013 y de Viedma en 2017. Su canción “El búho” fue elegida por Francis Ford Coppola para la banda sonora de Tetro, en 2009. Abrió un concierto de Sting en Palermo, tocó en Lollapalooza Argentina y giró por España abriendo shows de Iván Ferreiro. Con Raly Barrionuevo armó el proyecto Hermano Hormiga, que los llevó al escenario mayor de Cosquín.

Nada de eso le movió el centro de gravedad. Sigue editando por su propio sello, sigue produciendo a artistas que admira y sigue escribiendo canciones que miran al sur. El chico que sacaba temas de los Beatles en un cuarto de Viedma terminó haciendo un disco entero sobre los acantilados que veía desde ahí.