Diego Pasjalidis

Dos chicos que vivían de las propinas que juntaban haciendo trucos en la calle le pidieron ayuda para armar una estrategia. No sabían nada de negocios. Traducirles los modelos de las escuelas de management a un lenguaje que pudieran aplicar le llevó meses, funcionó, y de ahí salió el libro que lo convirtió en una de las voces más buscadas de la innovación argentina.
Un ingeniero que se corrió del molde
La formación de Pasjalidis es la de un técnico clásico: Ingeniería Industrial en la UTN, después un MBA que terminó con la mejor calificación posible y una maestría en dirección de empresas. Nada de eso anticipa a alguien que hoy explica la innovación citando a los Tres Chiflados.
Su recorrido profesional lo llevó por lugares muy distintos entre sí. Fue subgerente de Transferencia Tecnológica del INTI, director de la carrera de Ingeniería Industrial en UADE, director comercial y de innovación en la filial argentina de una multinacional tecnológica, y hoy encabeza el área académica de una empresa de tecnología educativa. Ese zigzag entre el Estado, la universidad, la industria y la educación explica por qué habla el idioma de todos esos mundos.
El caso que le cambió el rumbo
El punto de inflexión no fue una empresa grande sino dos magos. Julián y Marcos vivían de las propinas y lo contactaron para pedirle una estrategia. Lo único que sabían hacer eran trucos.
El desafío que se planteó Pasjalidis fue traducir los modelos de estrategia e innovación que enseñan las escuelas de negocios a un lenguaje que ellos pudieran usar, y partirlo en pasos aplicables uno por uno. El resultado desbordó cualquier expectativa: los magos, que se hacen llamar Asombro Extremo, terminaron galardonados internacionalmente, en el mismo circuito por el que pasaron figuras como David Copperfield.
Lo que él sacó de ahí fue una conclusión práctica: si el modelo le había servido a dos personas sin ninguna formación en negocios y sin recursos, podía servirle a cualquiera. Por eso escribió el libro, y por eso lleva el nombre que lleva.
Inspiración Extrema, o cómo se cocina una estrategia
El libro salió por Editorial Conecta y se convirtió en un best seller de management. Son diecisiete capítulos, más de doscientas cincuenta páginas, con citas, gráficos y ejemplos, pensado para que cualquier emprendedor o empresario pueda leerlo de a poco y armar un negocio sostenible.
Su corazón es una herramienta que llama la cruz inspirativa: un diagnóstico en dos ejes que ubica al negocio en uno de cuatro cuadrantes. La estrategia y la innovación que corresponden no son las mismas según dónde caigas, y esa es la idea central. Pasjalidis lo compara con ir al médico: pretender que una sola medicación sirva para todos es un error, a algunos los intoxica y a otros les hace bien.
Antes de diseñar cualquier cosa, propone diagnosticar dónde está el problema, quiénes son los competidores, qué valora el cliente, qué le vas a dar de distinto, cuáles son tus recursos limitantes y tus factores de éxito. Recién con eso, dice, armás la alacena para cocinar tu estrategia.
También incluye una lista con las diez principales causas por las que fracasan los emprendimientos, y aborda cuestiones que rara vez entran en los manuales: cómo opera el miedo como barrera invisible, por qué cualquiera puede ser emprendedor y cuánto vale realmente una idea.
Su definición favorita
Cuando le preguntan qué es la innovación, responde con dos palabras: valor diferencial. Y las desarma una por una. Todos tenemos creatividad, que es la capacidad de generar ideas; la innovación aparece cuando esas ideas se aplican y producen algo. Valor quiere decir que le estás dando a alguien una solución real. Diferencial quiere decir que eso no se lo está dando otro.
De ahí se desprende su insistencia en el trabajo en equipo. El innovador necesita que la idea se fabrique, se produzca, se venda, se distribuya y se comunique; solo, no llega. Sin ese conjunto, la idea queda flotando.
Para innovaciones ligadas a lo que uno ya hace propone cuatro caminos que resume con la sigla ERIC: eliminar, reducir, incrementar y crear. Para los saltos más grandes, en cambio, hace falta romper moldes y aprender del error.
Su otra recomendación permanente es la vigilancia tecnológica, ese hábito de estar mirando qué pasa alrededor, sobre todo en sectores que se mueven rápido. Y para explicar por qué quedarse quieto también es una decisión recurre a la escena de los Tres Chiflados en el servicio militar: cuando el general pidió tres voluntarios y ordenó dar un paso al frente, ellos se quedaron parados mientras el resto retrocedía. Terminaron yendo a la guerra por no haber hecho nada.
La militancia con los que recién empiezan
Buena parte de su energía la puso en lugares poco glamorosos del circuito. Trabajó con CAME en todo el país, especialmente con CAME Joven, porque detectó que muchos emprendedores no tienen dónde conseguir al mismo tiempo el conocimiento técnico y la experiencia práctica en innovación.
En 2017 fue uno de los disertantes de Emprender San Luis, en la Universidad Nacional de San Luis. Su manera de contar esa experiencia dice bastante de su carácter: aclaró que en esos encuentros no va a hablar de las escuelas de negocios de Estados Unidos sino de la situación argentina concreta, y que mientras entrevistaba a emprendedores locales terminó aprendiendo cosas que después convertiría en herramientas, modelos y artículos.
También llevó la discusión al campo. En una entrevista sobre agroindustria planteó que la Argentina es buena innovando en los primeros eslabones productivos pero tiene deudas en los siguientes, que innovar implica asumir riesgo y tomar decisiones que dan miedo, y que hace falta salir del pensamiento cortoplacista para entender y construir el futuro.
La escuela, el trabajo y la pregunta correcta
Sobre educación tiene una posición que se sale del guion tecnológico habitual. Reconoce que los docentes de hoy necesitan habilidades muy distintas de aquellas para las que fueron formados, él incluido, y que el rol pasó de transmitir información a administrar conocimiento, con la responsabilidad de trabajar con chicos que son todos diferentes. Su recomendación es que el docente ponga el ojo justamente ahí donde el alumno brilla, donde se le nota una facilidad o una pasión.
Cuando le preguntaron si los adolescentes deberían estudiar programación, no coincidió con la respuesta obvia. Dijo que lo primero que le preguntaría a un chico es qué lo hace feliz, porque a partir de entender dónde está su pasión aparecen carreras alternativas donde también se aplica la tecnología. Puso como ejemplo a los diseñadores gráficos, que se creían amenazados y volvieron con fuerza de la mano del design thinking, y a los biólogos y filósofos que hoy trabajan en tecnología haciendo lo que les gusta.
Su advertencia es clara: la tecnología es un medio, y detrás de ella hay muchas carreras con futuro. En la economía del conocimiento que viene, sostiene, el rol docente es fundamental.
Lo que hizo con el encierro
El retrato más humano de su método aparece en cómo atravesó 2020. Con el trabajo cien por ciento remoto y sin poder salir a entrenar, se acabó las películas del cable, sumó plataformas, empezó a capacitarse en cursos online y se enganchó con un solo libro. Ese mismo año, en enero, había ingresado a la empresa digital donde quería crecer en innovación, justo antes de que la pandemia acelerara todo lo que él venía anticipando.
Y usó los fines de semana de encierro para escribir. Su segundo libro se lo propuso como algo distinto del primero: práctico, digital, gratuito para el lector y armado como una caja de herramientas para cualquier problema de negocios. A fin de ese año ya llevaba el setenta por ciento hecho.
Su balance personal de ese año fue igualmente sencillo: ninguna meta tiene sentido sin salud, afectos y paz mental.
La frase que resume todo
Hay una idea que repite y que funciona como su tesis de fondo: ser bueno no alcanza. En un mercado donde siempre van a aparecer productos parecidos al tuyo, lo único que sostiene un negocio es la diferencia.
A eso le suma una observación optimista sobre el punto de partida. Da igual, dice, si estás en el centro del mundo o en una ciudad perdida: gracias a la tecnología y las comunicaciones todos compiten de igual a igual, y lo que queda por hacer es construir diferenciales.
Es la misma convicción que lo llevó a sentarse a explicarles estrategia a dos magos que vivían de las propinas.
