Daniel Barenboim 

Daniel Barenboim: una vida dedicada a escuchar y hacer música
Daniel Barenboim dio su primer concierto en Buenos Aires a los siete años y construyó una carrera de más de siete décadas como pianista, director y creador de proyectos que utilizan la música como espacio de diálogo.

Dio su primer concierto a los siete años en Buenos Aires y ochenta después seguía sentándose al piano, ya con Parkinson diagnosticado. Entre esos dos puntos hay una vida donde todo (los amores, los pasaportes, las peleas públicas, la escuela que fundó) terminó girando alrededor de la misma cosa: escuchar y hacer sonar música.

Una casa donde el piano era el idioma familiar

Nació en Buenos Aires en una familia judía donde los dos padres eran pianistas profesionales. Empezó a tomar clases con su madre a los cinco años y siguió con su padre, que se convirtió en su único maestro de piano y nunca dejó ese lugar. No hubo conservatorio ni una cadena de profesores célebres: hubo una casa donde la música era la conversación cotidiana.

El 19 de agosto de 1950, con siete años, dio su primer concierto formal en Buenos Aires. En 1952 la familia emigró a Israel, y ese mismo año, a los diez, se presentó en Viena y Roma. Después vinieron París, Londres y, en 1957, Nueva York bajo la batuta de Leopold Stokowski. A partir de ahí las giras por Europa, Estados Unidos, Sudamérica, Australia y Asia se volvieron rutina.

El verano que le marcó el oído para siempre

En 1954 sus padres lo llevaron a Salzburgo para que participara en las clases de dirección de Igor Markevitch. Tenía once años. Ese verano tocó para Wilhelm Furtwängler, que lo calificó de fenómeno y lo invitó a interpretar el Primer Concierto para piano de Beethoven con la Filarmónica de Berlín.

El padre dijo que no. Consideró que era demasiado pronto, apenas nueve años después de la guerra, para que un chico judío fuera a Alemania. Barenboim perdió ese debut, pero Furtwängler quedó instalado como su ideal musical de por vida, y décadas más tarde escribiría sobre por qué ese director todavía lo conmueve.

En 1955 estudió armonía y composición con Nadia Boulanger en París. Nunca fue un niño prodigio que se dedicara solo a exhibirse: mientras hacía carrera de concertista se estaba formando en las herramientas que necesitaría para dirigir.

Dos oficios en lugar de uno

En 1966 debutó como director con la English Chamber Orchestra en los estudios de Abbey Road. Desde entonces sostuvo una doble vida profesional que a la mayoría de los músicos les resulta imposible: siguió siendo pianista de repertorio mientras acumulaba las direcciones musicales más exigentes del circuito.

Estuvo al frente de la Orchestre de Paris entre 1975 y 1989. Sucedió a Georg Solti en Chicago y condujo esa orquesta durante quince años. En 1992 llegó a la Staatsoper de Berlín, donde se quedó tres décadas y peleó por mantener la independencia del teatro y el sonido tradicional de su orquesta. En el año 2000 la Staatskapelle Berlin lo nombró director vitalicio, algo que no se concede por currículum sino por vínculo.

En el foso hizo su debut operístico en 1973 con Don Giovanni en Edimburgo, y desde 1981 volvió a Bayreuth casi todos los veranos durante dos décadas. En 2011 asumió la dirección musical de La Scala.

La lista de grabaciones da una idea del apetito: los ciclos completos de sonatas de Mozart y Beethoven, los conciertos de Beethoven tocados y dirigidos desde el teclado, las sinfonías completas de Beethoven, Brahms, Bruckner, Schubert y Schumann, las óperas Da Ponte de Mozart y el Anillo completo de Wagner. Para sus 75 años, un sello publicó una caja de 39 discos solo con sus grabaciones solistas y otro sacó 43 discos con las orquestales.

Jacqueline

La historia que más marcó su vida privada empezó en 1967, cuando se casó con la chelista británica Jacqueline du Pré en una ceremonia en Jerusalén. Zubin Mehta, amigo suyo de siempre, tuvo que ser rebautizado temporalmente para poder oficiar de testigo válido.

Con du Pré grabó sonatas de Beethoven y Brahms, tríos con Zukerman y el célebre Quinteto La trucha filmado en 1969 junto a Perlman, Zukerman y Mehta, una película que capturó a un grupo de jóvenes músicos en estado de euforia. La pasión y el trabajo eran la misma cosa.

En 1973 du Pré se retiró de la música tras el diagnóstico de esclerosis múltiple. El matrimonio se sostuvo hasta la muerte de ella en 1987. Es la parte de su biografía que Barenboim rara vez explica en público, y la que muestra que su historia no es solo la de una carrera ascendente.

La música como lugar donde el conflicto se sienta a conversar

En 1999, junto al intelectual palestino-estadounidense Edward Said, fundó la West-Eastern Divan Orchestra, que reúne cada verano a músicos jóvenes de Israel, Palestina y otros países de Medio Oriente y el norte de África. La premisa es sencilla y difícil: tocar juntos obliga a escucharse.

En 2002 recibieron por ese trabajo el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, y de las conversaciones públicas que mantuvieron en el Carnegie Hall salió el libro Paralelismos y paradojas.

El proyecto derivó en algo más ambicioso. La Barenboim-Said Akademie abrió en Berlín en 2016, en el antiguo depósito de la Staatsoper, con una carrera de cuatro años que combina música y humanidades para estudiantes provenientes sobre todo de Medio Oriente. En 2017 se inauguró su sala pública, el Pierre Boulez Saal, con forma elíptica diseñada por Frank Gehry y acústica de Yasuhisa Toyota.

Su compromiso lo llevó a lugares donde los músicos no suelen ir. Tocó en Bir Zeit y varias veces en Ramallah. En 2011 llevó a Gaza una orquesta de voluntarios de la Filarmónica de Berlín, la Staatskapelle, La Scala, la Filarmónica de Viena y la Orchestre de Paris, coordinando la entrada en secreto con Naciones Unidas y volando desde Berlín hasta El Arish. Tocaron Mozart ante escolares y trabajadores de ONG. Cuatro años antes, un concierto barroco en Gaza se había caído porque un músico palestino quedó frenado en la frontera y el grupo decidió cancelar por solidaridad después de siete horas de espera.

El precio de sus convicciones

Su relación con la obra de Wagner condensa todo lo que le costó sostener sus ideas. En julio de 2001, tras aceptar cambiar el programa en el Festival de Israel, propuso al final del concierto tocar a Wagner como bis, pidió permiso al público y ofreció que se retirara quien quisiera. Hubo media hora de debate en la sala, alguno lo llamó fascista, unos pocos se fueron y la mayoría se quedó a escuchar el preludio de Tristán e Isolda.

Le costó un pedido de declararlo persona no grata en el Knesset, la demora de su Premio Wolf hasta que aclarara sus dichos y una lluvia de críticas. Su posición nunca fue negar el antisemitismo de Wagner, que llamó monstruoso, sino separar al hombre de la obra. Cuando finalmente recibió el Wolf en 2004, usó el discurso para preguntar en voz alta si la ocupación era compatible con la declaración de independencia israelí, y donó el dinero del premio a la educación musical de jóvenes israelíes y palestinos.

En 2008 aceptó la ciudadanía palestina honoraria, convirtiéndose en el primer israelí en recibirla, como gesto público de paz. Hoy es la única persona documentada que tiene ambos pasaportes.

Divulgar sin bajar el nivel

Barenboim dedicó una parte considerable de su energía a explicar por qué la música importa, convencido de que la clásica no tiene nada de elitista. En 2006 dictó las Reith Lectures de la BBC con el título En el principio fue el sonido, grabadas en Londres, Chicago, Berlín y Jerusalén, y ese mismo otoño las Charles Eliot Norton Lectures en Harvard. Escribió una autobiografía, ensayos sobre el poder de la música y libros de conversaciones.

Su terquedad interpretativa va en la misma línea. Rechaza buscar el tempo en las marcas metronómicas o en la evidencia histórica y sostiene que hay que encontrarlo dentro de la música misma, en la armonía. Toca Bach con pedal y con voces destacadas, cosas imposibles en un clave, porque le interesa la tradición viva de dos siglos y medio antes que reconstruir un sonido antiguo.

Esa curiosidad lo llevó al jazz, al folklore argentino y al tango, que dirigió en un concierto de fin de año en Buenos Aires en 2006. Y en 2015 presentó un piano de concierto nuevo, construido por Chris Maene con apoyo de Steinway, con cuerdas rectas y paralelas en lugar de cruzadas, inspirado en el Érard de Liszt, buscando más claridad y más control del color.

No soltar

En julio de 2020, en plena pandemia, volvió al Palacio de Carlos V del Festival de Granada para un recital benéfico a favor de Cruz Roja Española, con las Variaciones Diabelli, la misma obra con la que había debutado allí cuarenta años antes. Ese año también curó, junto al flautista Emmanuel Pahud, un festival digital de música nueva donde compositores e intérpretes renunciaron a sus honorarios.

En octubre de 2022 anunció que reducía sus compromisos por razones de salud, y en enero de 2023 dejó la dirección musical de la Staatsoper después de treinta años. En febrero de 2025 comunicó él mismo, en sus redes, que tiene Parkinson.

Hay un asteroide que lleva su nombre desde que se descubrió en 1984. Pero la huella más nítida está en otro lado: en una orquesta donde israelíes y palestinos afinan juntos cada verano, en una escuela berlinesa que enseña música y humanidades a chicos de Medio Oriente, y en la costumbre, sostenida durante ocho décadas, de sentarse frente a un teclado a averiguar qué dice una partitura.