Diego Pol

Un tipo buscando ovejas en el campo chubutense vio algo raro asomando del suelo. Le pareció que eran huesos y avisó al museo. Ese aviso terminó siendo el hallazgo del dinosaurio gigante mejor conocido del planeta, y quien fue a mirar era un hombre que llevaba treinta años esperando exactamente ese tipo de llamada.
La ventana a un mundo que ya no está
Diego Pol nació en Rosario el 23 de junio de 1974 y se crio en Buenos Aires. Cuenta que de chico los dinosaurios lo fascinaban por una razón bastante precisa: eran una ventana a un mundo pasado, desconocido, misterioso, poblado por criaturas que no se parecían a nada de lo que existe hoy.
Lo que distingue esa fascinación de la de cualquier otro nene con juguetes de plástico es lo que hizo con ella. Cursando el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se presentó en el Museo de Ciencias Naturales a ofrecerse como voluntario. Lo recibieron y terminó ayudando en tareas de laboratorio con la colección. Al tiempo lo invitaron a una excavación y ahí conoció el trabajo de campo. Cuando llegó a la universidad, la cuestión ya estaba decidida.
Se recibió de licenciado en Ciencias Biológicas en la UBA en 1999 y ese mismo año se fue a Nueva York, al programa conjunto del Museo Americano de Historia Natural y la Universidad de Columbia. Su tesis doctoral, dirigida por Mark Norell, trató sobre la evolución de dinosaurios basales y cocodrilos mesozoicos. En 2005 hizo un posdoctorado en el Mathematical Biosciences Institute de Ohio State, trabajando en métodos de búsqueda de árboles filogenéticos junto a Pablo Goloboff.
Podría haberse quedado. Volvió en 2006 a Trelew, al Museo Paleontológico Egidio Feruglio, para trabajar en la Patagonia, que es donde están las rocas de la edad de los dinosaurios expuestas al aire libre, en un desierto casi sin cobertura vegetal. Es decir: volvió al lugar donde estaban los fósiles.
Dieciocho meses, treinta personas y una grúa
El aviso del poblador rural derivó en un fémur asomando en la superficie. Lo que vino después fue una excavación de cincuenta metros de ancho por diez de profundidad que llevó más de un año y medio de campo, equipos de hasta treinta personas, la construcción de un camino para que llegaran camiones con grúas y cada hueso envuelto en yeso para viajar al laboratorio.
Aparecieron más de 150 huesos de seis individuos de la misma especie muertos en el mismo lugar. Eso convirtió al Patagotitan mayorum —de hasta cuarenta metros de largo— en el gigante mejor documentado de la paleontología, cuando de los demás colosos solo se conocían tres o cuatro huesos sueltos. Se presentó al público en 2014, se describió formalmente en 2017 y protagonizó un documental con David Attenborough.
Pol define su participación en ese proyecto como uno de los privilegios más grandes de su carrera. La palabra no es casual: quien tiene esta pasión no habla de logros, habla de suerte.
Ochenta esqueletos y más de cien huevos
El otro yacimiento que le cambió la carrera está en El Tranquilo, Santa Cruz. Ahí su equipo halló cerca de ochenta esqueletos de Mussaurus patagonicus —desde embriones y pichones hasta adultos— y más de cien huevos de unos 193 millones de años. Todo indicaba lo mismo: los márgenes de una laguna seca habían sido una colonia reproductiva, un lugar donde muchos adultos se juntaban a poner huevos en nidos. Una sequía los mató y las tormentas de polvo los sepultaron. Es la primera ventana concreta a la vida social de los dinosaurios en sus orígenes.
Parte de ese material se preparó en Trelew y se depositó en el museo Padre Molina, en Río Gallegos.
Buscar durante años algo que no estaba
De esos huevos salió el episodio que mejor retrata cómo trabaja. Su equipo pasó años utilizándolos con métodos tradicionales, buscando los cristales de carbonato de calcio que toda cáscara de huevo debería tener. No aparecían. Probaron hipótesis de recristalización, de disolución por ácido. Nada.
Estaban buscando una estructura que nunca había existido: los huevos eran de cáscara blanda. La confirmación llegó por un camino que él mismo describe sin ninguna solemnidad. Estaba en Nueva York visitando a Norell por otro proyecto; terminaron de trabajar y se quedaron tres horas charlando de deporte y política. En algún momento se contaron en qué andaban y descubrieron que ambos tenían el mismo problema con huevos distintos, uno de Patagonia y otro de Mongolia. Sumaron a la química Jasmina Wiemann, de Yale, que detectó proteínas en las dos muestras. El resultado se publicó en Nature en 2020: durante la primera mitad de su historia evolutiva, los dinosaurios tenían huevos blandos. “Los proyectos a veces salen así, casualmente, en charlas fuera de contexto”, resumió.
Lo que viene, y lo que preocupa
Hoy dirige, con apoyo de National Geographic, un proyecto con más de ochenta científicos de distintas especialidades para entender cómo fue el final de la era de los dinosaurios en la Patagonia, un capítulo que hasta ahora contó casi exclusivamente con datos de América del Norte.
Su lectura del momento es optimista: sostiene que la exploración sistemática de dinosaurios en Sudamérica empezó recién en los setenta y ochenta, que hay más paleontólogos trabajando ahora que en toda la historia previa, y que estamos entrando en “la edad de oro de la paleontología en América del Sur”. Cada campaña trae especies nuevas.
Ese entusiasmo convive con una preocupación que expresa sin vueltas: la caída de becas para jóvenes que recién empiezan compromete a la generación siguiente. Y sobre por qué debería importarnos una ciencia que no fabrica productos, tiene una respuesta corta: este legado natural es de nuestra región, y si no lo recuperamos nosotros, no lo va a hacer nadie.
