Marcelo Blanco

Cada vez que una máquina que parecía perdida vuelve a encenderse, a Marcelo Adrián Blanco todavía le tiembla el pulso. Lleva cuatro décadas metido en el mismo trabajo y sigue emocionando como el primer día. Ese entusiasmo, más que cualquier título, explica por qué un restaurador nacido en Buenos Aires en 1971 terminó convertido en uno de los nombres más buscados del pinball fuera de la Argentina.
El chico que ahorraba arreglando juguetes
La chispa se prendió temprano. De niño jugaba con el Meccano, ese sistema de tornillos y planchuelas que enseña a armar y desarmar el mundo. A los diez conoció al flipper en los salones de la costa atlántica, el único lugar donde podía acercarse a una de esas máquinas. La fascinación se volvió compromiso a los catorce: cuando su padre compró un lote de antigüedades y adentro apareció un viejo flipper, el adolescente lo reclamó y lo pagó con 300 dólares que había juntado restaurando juguetes japoneses. Abrió el cabezal, vio el enredo de relés, bobinas y cables que hacían funcionar todo y ya no pudo pensar en otra cosa.
Un amor a contramano de la ley
Que se enamorara de estos aparatos no era un detalle menor. Durante buena parte del siglo XX el pinball cargó con fama de vicio y quedó pegado al mundo del juego de azar y a figuras del hampa como Al Capone. Esa reputación derivó en prohibiciones: Nueva York recién lo legalizó en 1976, cuando Roger Sharpe demostró ante los concejales que era una cuestión de destreza y no de suerte. En la Argentina también estuvo restringido, y por eso Blanco había tenido que conformarse con jugar en la costa durante los veranos de su infancia. Dedicarle la vida a un objeto tantos años señalado como sospechoso fue, en sí mismo, una declaración de principios.
Lo que se juega dentro del cabezal
A esa mecánica la llama, con cariño, un “cerebro loco”: una máquina misteriosa que cuenta puntos y decide sin que se entienda del todo cómo. Descifrar exige algo más que ganas, y ahí entró su formación en electrónica, esos seis años de secundaria técnica que le dieron el vocabulario para dialogar con aparatos de sesenta años. Su regla es casi religiosa: conservar la mayor cantidad posible de piezas originales, como hacen los restauradores de autos clásicos, porque cambiarlo todo destruye el valor histórico y el de colección. El resto lo puso la prueba y el error, la intuición y una obstinación por el detalle que a los apurados les resulta incomprensible.
Enseñar para que el saber no se apague
Blanco entendió que un oficio que no se transmite se muere con quien lo practica. Por eso viaja cada año a Estados Unidos, se instala varios meses y dicta seminarios en Ohio y Chicago ante públicos que toman nota de cada paso; en su última tanda de charlas explicó cómo planificar una restauración sin sacrificar el valor histórico ni el económico de la máquina. Para moverse en esa escena tuvo que soltarse en inglés, y hoy lo habla con fluidez. La misma vocación de compartir lo llevó a abrir un programa en YouTube, a documentar su trabajo en Instagram —donde firma como @marceloadrianblanco— y a sumarse en junio de 2024 al equipo de Recreativas.org, que en España preserva y digitaliza el arte gráfico de pinballs y recreativas. El reconocimiento de sus pares fue tan lejos que una ciudad de Ohio, Girard, le entregó su llave.
Máquinas que valen por lo que despiertan
Para él, ninguna restauración se justifica solo por el dinero. Esto mueve lo que estos aparatos provocan en la gente. Pintó más de cien unidades de Los Locos Addams —el pinball más vendido de la historia, con 20.270 ejemplares—, y aun así admite entre risas que no es su preferido: no le interesa el prestigio del modelo, sino la historia que carga cada dueño. Vio de todo en cuatro décadas, incluso que en medio de la crisis de 2001 hubo quienes se animaron a comprar una de estas máquinas, como si buscaran refugio en un objeto que devuelve algo de infancia. Cuando alguien discute si son un lujo, responde con un ejemplo simple: hay quien vive en un ambiente chico y conserva su flipper como si fuera un tesoro familiar. Ese vínculo, y no la cotización, es lo que sostiene su tarea.
Mientras las fábricas siguen lanzando títulos nuevos y aparecen clubes y museos dedicados al fierro y las luces, un porteño terco insiste en salvar del contenedor máquinas que casi nadie sabe reparar. En cada una que vuelve a la vida hay, además de electrónica y pintura, una idea sencilla que lo empuja desde los catorce: que algo hecho para divertir merece seguir funcionando.
