Sandra Díaz

Un buen maestro no sabe solamente cuántos chicos tiene en el aula: entiende cómo es cada uno y qué pasa entre ellos. La comparación es de Elizabeth Maruma Mrema, la abogada tanzana que escribió su semblanza para la revista Time, y describe con precisión lo que hizo Sandra Díaz con el mundo natural. Durante cuarenta años, esta bióloga nacida en Bell Ville corrió el eje de la ecología: dejó de contar cuántas especies hay y se puso a medir qué hace cada una. Esa idea la llevó del monte cordobés a copresidir el informe mundial de biodiversidad de Naciones Unidas, a la Royal Society, al Premio Princesa de Asturias, al Tyler —que en su campo funciona como un Nobel— y a la lista de las cien personas más influyentes del planeta.
De Bell Ville a un doctorado a los veintitrés
Díaz nació en 1961 en Bell Ville, una ciudad del sudeste cordobés que no figura en ningún mapa científico. Estudió biología en la Universidad Nacional de Córdoba y en 1984 ya tenía el doctorado terminado.
Hay que detenerse un segundo en esa fecha, porque explica bastante. Con veintitrés años recién cumplidos, cuando la mayoría de sus compañeros de camada todavía estaba decidiendo qué hacer, ella había cerrado la etapa completa de formación.
Después vino el trabajo en el exterior, incluida una estadía en la Universidad de Sheffield, y en 1993 la incorporación al Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal, que funciona como iniciativa conjunta del CONICET y la universidad cordobesa.
Ahí sigue, más de treinta años después. Hoy es investigadora superior, la máxima categoría del escalafón, y da clases de Ecología de Comunidades y Ecosistemas en la facultad. Nunca se fue del país.
La pregunta que le cambió el oficio a toda una disciplina
Durante buena parte del siglo XX, medir biodiversidad significaba contar. Cuántas especies hay en este bosque, cuántas en este pastizal, cuántas se perdieron.
Díaz encabezó un giro que hoy parece obvio y en su momento no lo era: lo que importa no es solo cuántas hay, sino qué hacen.
La disciplina que impulsó se conoce como ecología de los rasgos. En vez de tratar a cada planta como una etiqueta en una lista, la mide por sus características funcionales —cuánto tarda en crecer, cómo son sus hojas, cómo usa el agua, cuánto carbono fija— y a partir de ahí entiende el papel que cumple dentro del ecosistema.
El salto conceptual tiene consecuencias prácticas enormes. Permite predecir cómo va a responder un ecosistema al cambio climático, diseñar mejor las estrategias de conservación y modelar qué pasa cuando desaparece una especie determinada y no otra.
Junto a la francesa Sandra Lavorel y el australiano Mark Westoby impulsó ese enfoque hasta convertirlo en estándar. Uno de los hitos de esa colaboración fue un trabajo publicado en Nature en 2016 que, por primera vez, ordenó la enorme variedad de formas vegetales del planeta en un esquema comprensible.
Para que eso fuera posible hacía falta algo más: los datos. Díaz cofundó TRY, la iniciativa global que reúne información sobre rasgos funcionales de plantas de todo el mundo en una base común, y fundó en Córdoba el Núcleo DiverSus, dedicado a investigar diversidad y sustentabilidad.
Copresidir el informe que incomodó a los gobiernos
En 2019, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas publicó su primera Evaluación Global. Díaz fue una de las personas que la copresidió.
Ese documento es, hasta hoy, el diagnóstico más completo que existe sobre el estado de la vida en la Tierra. Y no dejó a nadie cómodo: puso números a la velocidad a la que se está desarmando el entramado biológico del planeta y señaló al modelo dominante de apropiación de la naturaleza como responsable.
Díaz suele usar una imagen textil para explicarlo. La vida sobre la Tierra funciona como un tejido, y ese tejido se está destejiendo cada vez más rápido.
Su posición pública sobre la agenda ambiental tiene un matiz que la distingue y que sostiene incluso cuando resulta impopular: sin negar la gravedad del cambio climático, insiste en que la crisis más profunda es la pérdida de biodiversidad, es decir, el colapso de la red de plantas, animales, suelo y agua que hace posible todo lo demás. En una entrevista con Al Jazeera en 2025 planteó que reducir emisiones es indispensable pero insuficiente, criticó a los gobiernos por incumplir las metas de biodiversidad que ellos mismos firmaron y pidió revisar los estilos de vida basados en el consumo.
Lo grande y lo chico, en la misma agenda
Hay un rasgo de su trayectoria que se pasa por alto con facilidad y que ella misma reivindica.
La misma persona que colidera evaluaciones mundiales de Naciones Unidas trabajó en asuntos de escala doméstica en su provincia: la discusión por la Ley de Bosques en Córdoba y hasta el manejo de la vegetación en los bordes de los caminos.
No son temas menores por más chicos que parezcan. Las banquinas y los bordes de ruta funcionan como corredores y refugios de biodiversidad en paisajes que la agricultura dejó sin nada más. Que una científica de su nivel dedique tiempo a eso dice bastante sobre cómo entiende el oficio.
Su trabajo, además, cruzó permanentemente hacia el lado social. Estudia la ecología vegetal, sí, pero también cómo las distintas sociedades valoran, usan y reconfiguran los ecosistemas. Esa combinación es la que le permitió sentarse con gobiernos sin dejar de hablar como científica.
Una acumulación de premios que empieza a ser difícil de enumerar
La lista es larga y conviene ordenarla por lo que significa cada cosa.
En 2009 se convirtió en la primera argentina en integrar la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, una designación vitalicia a la que no se puede aspirar por cuenta propia: hay que ser nominada por un miembro. Ella contó que la noticia la tomó completamente por sorpresa.
En 2019 fue elegida miembro extranjera de la Royal Society británica y recibió el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, compartido con la bióloga Joanne Chory. Ese mismo año sumó el Gunnerus en Ciencias de la Sostenibilidad y el Senckenberg.
En 2020 llegó la Kew International Medal, que otorgan los jardines botánicos más célebres del mundo. En 2021, el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. También tiene la Medalla Linneana, el Cozzarelli de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense, una beca Guggenheim, el Zayed del Ambiente y el Margalef de Ecología.
En febrero de 2025 ganó el Premio Tyler, que en el ambiente se conoce como el Nobel del medio ambiente, compartido con el brasileño Eduardo Brondízio. Dos meses después, la revista Time la incluyó entre las cien personas más influyentes del mundo, en la categoría de innovadores, y la describió como una diplomática incansable frente a la triple crisis del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.
En su país recibió el Konex de Platino en 2013, el Bunge & Born en 2019 y el Konex de Brillante en 2023.
Acumula más de trescientas publicaciones científicas y figura entre el uno por ciento de investigadores más citados del planeta.
Lo que sostiene todo eso
Cuesta encontrar en sus declaraciones algo parecido a una épica personal. Cuando habla de su carrera, Díaz destaca sobre todo el privilegio de haber podido trabajar en equipos interdisciplinarios y con actores de distintos sectores, desde problemas puntuales de su provincia hasta el nivel global.
Esa insistencia en el trabajo colectivo no es falsa modestia. Las bases de datos que ayudó a construir, el informe que copresidió y el enfoque que impulsó son todos productos imposibles de generar en soledad. Su aporte no fue un descubrimiento aislado sino una forma distinta de mirar, que después tuvo que convencer a miles de colegas en decenas de países.
Y hay algo más, que explica por qué su nombre circula fuera de los ámbitos académicos. Díaz no se quedó en el paper. Tradujo cuarenta años de investigación en un mensaje que cualquiera puede entender: si se rompe el tejido de la vida, no hay reducción de emisiones que alcance.
Es una idea incómoda, difícil de vender políticamente y bastante menos fotogénica que otras. La viene repitiendo, con datos nuevos cada vez, desde un instituto de Córdoba.
