Marilina Bertoldi

En Marilina Bertoldi no hay medias tintas. Su forma de habitar la música es total. No interpreta: se sumerge. Desde sus primeros pasos en Santa Fe hasta su presente en escenarios masivos, el arte ha sido una vía de supervivencia emocional. Su pasión no es adorno, es estructura. Todo en ella vibra a través del sonido. Esa entrega absoluta es lo que hace que cada canción y cada show resulten vitales.
Primeros acordes con hambre de expresión
En Sunchales, el entorno no ofrecía demasiados modelos musicales a seguir. Sin embargo, Marilina encontró en la guitarra una forma de canalizar preguntas internas. Influenciada por su hermana Lula y bandas como Rage Against the Machine, fue construyendo un lenguaje personal. Desde la adolescencia, la música fue más un refugio que un objetivo. Su manera de tocar reflejaba incomodidad y deseo por decir algo distinto.
La etapa Connor Questa: fuerza bruta
Durante cinco años, Bertoldi lideró Connor Questa, una banda intensa que fusionaba rock alternativo y crudeza escénica. Allí se gestó gran parte de su identidad artística. Los shows eran viscerales y sin filtros. No había estrategias comerciales. Todo era sudor y verdad. Esa etapa sirvió para pulir su entrega física en vivo y para confirmar que su conexión con el público no era moda, sino necesidad mutua.
Una solista sin red de seguridad
Cuando el grupo se disolvió, Marilina eligió no repetir fórmulas. Su carrera solista fue una apuesta por lo íntimo, lo pulsional, lo ambiguo. Sus álbumes empezaron a incorporar sonidos más diversos, letras más abiertas y una estética más sensual. No buscaba complacer a nadie. Su objetivo era reflejar sus procesos internos. Esa autenticidad generó una conexión poderosa con un público que también huía de lo obvio.
Premios que no modifican el pulso
El reconocimiento llegó con fuerza en 2019, cuando ganó el Gardel de Oro por Prender un fuego. Fue la segunda mujer en la historia argentina en recibirlo. Aunque lo agradeció, nunca dejó que ese premio condicionara su camino. No adaptó su sonido a lo que vende. Sigue componiendo con la misma intensidad y libertad. El éxito para Marilina no se mide en trofeos, sino en el impacto que genera en quien escucha.
Hablar desde la experiencia sin filtros
Marilina nunca escondió quién es. Habla de su orientación sexual, del deseo, del placer y del miedo con una claridad que desarma. No se presenta como ícono, pero muchas personas la ven como referente. Esa sinceridad, lejos de ser un acto de marketing, forma parte del mismo impulso que la lleva a crear música. No hay dos Bertoldi: la del escenario y la del día a día son la misma. Con contradicciones, pero sin máscaras.
Una ética más que una estética
Marilina no es solo una artista con identidad sonora. También propone una forma distinta de habitar la música. No acepta imposiciones, no responde a algoritmos, no trabaja para encajar. Su carrera es una sucesión de decisiones incómodas, pero honestas. En un mundo que premia lo predecible, ella elige el riesgo. Eso es lo que la convierte en una voz única dentro del rock argentino actual. No por lo que canta, sino por cómo lo vive.
Un camino que se sigue escribiendo
A pesar del reconocimiento, Marilina sigue sintiendo que todo está por hacerse. Se mueve con la energía de quien empieza. No mira hacia atrás. No busca repetir hazañas. Cada proyecto es un salto sin red. Su pasión no se ha domesticado. Se ha afinado. Su música sigue siendo el lugar donde puede decir lo que no cabe en ningún otro sitio. Mientras eso siga pasando, su obra seguirá creciendo con ella.
